1 julio 2017

Querida familia de la Oración del Militante:

Como otros años, durante julio y agosto no se mandarán las meditaciones de cada día. En septiembre lo retomaremos de nuevo. Un saludo muy afectuoso y feliz verano para los que lo disfruten en estos meses.

30/6/2017, Viernes de la XII semana de Tiempo Ordinario – Protomártires de Roma

Lectura del libro del Génesis (17, 1. 9-10. 15-22)
Cuando Abrán tenía noventa y nueve años, se le apareció el Señor y le dijo: «Yo soy el Dios todopoderoso, camina en mi presencia y sé perfecto». El Señor añadió a Abrahán: «Por tu parte, guarda mi alianza, tú y tus descendientes en sucesivas generaciones. Esta es la alianza que habréis de guardar, una alianza entre yo y vosotros y tus descendientes: sea circuncidado todo varón entre vosotros». El Señor dijo a Abrahán: «Saray, tu mujer, ya no se llamará Saray, sino Sara. La bendeciré, y te dará un hijo, a quien también bendeciré. De ella nacerán pueblos y reyes de naciones». Abrahán cayó rostro en tierra y se dijo sonrió, pensando en su interior: «¿Un centenario va a tener un hijo y Sara va a dar a luz a los noventa?». Y Abrahán dijo a Dios: «Ojalá pueda vivir Ismael en tu presencia». Dios replicó: «No, es Sara quien te va a dar un hijo, lo llamarás Isaac; con él estableceré mi alianza y con sus descendientes, una alianza perpetua. En cuanto a Ismael, escucho tu petición: lo bendeciré, lo haré fecundo, lo haré crecer sobremanera, engendrará doce príncipes y lo convertiré en una gran nación. Pero mi alianza la concertaré con Isaac, el hijo que te dará Sara, el año que viene por estas fechas». Cuando el Señor terminó de hablar con Abrahán, se retiró.
Salmo responsorial (Sal 127, 1-2. 3. 4-5)
R. Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor.
Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos.
Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien. 
R.
Tu mujer, como parra fecunda, en medio de tu casa;
tus hijos, como renuevos de olivo, alrededor de tu mesa. 
R.
Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor.
Que el Señor te bendiga desde Sión, que veas la prosperidad de Jerusalén
todos los días de tu vida. 
R.
Lectura del santo evangelio según san Mateo (8, 1-4)

Al bajar Jesús del monte, lo siguió mucha gente. En esto, se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo: «Señor, si quieres, puedes limpiarme». Extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero, queda limpio». Y en seguida quedó limpio de la lepra. Jesús le dijo: «No se lo digas a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio».

30 junio 2017. Viernes de la XII semana de T. O. – Protomártires de Roma – Puntos de oración

“Después de acostado, ya que me quiera dormir, por espacio de un Avemaría pensar a la hora que me tengo de levantar, y a qué, resumiendo el ejercicio que tengo de hacer.” (San Ignacio – primera adición – Ejercicios espirituales). 
Al día siguiente: iniciaremos nuestro rato exclusivo con el Señor, poniéndonos en su presencia y recordando la oración preparatoria de san Ignacio:
“Pedimos gracia a Dios nuestro Señor, para que todas mis intenciones, acciones y operaciones sean puramente ordenadas en servicio y alabanza de su divina majestad”.  Esta oración  está en línea con las lecturas de hoy que nos hablan de la fe de Abraham, de la vida que Dios regala al hombre “que teme al Señor”, de la humildad del leproso y cómo Dios se acerca al excluido, al marginado, al descartado.
Al bajar Jesús del monte, lo siguió mucha gente”. Esta gente había escuchado al maestro que les hablaba “con  autoridad”, esta gente comenzó a seguir a Jesús sin cansarse de escucharlo.
Otra gente miraba  desde la distancia, no podían acercarse,  les estaba prohibido por la ley, eran impuros. Entre ellos estaba el leproso del que nos habla el Evangelio.
Este leproso sintió el deseo de acercarse a Jesús, se armó de valor y se acercó. “Señor, si quieres puedes limpiarme” dijo sencillamente. Dijo así porque se sentía impuro, la lepra era una condena de por vida.
Cuántas veces el Padre Morales, en ejercicios y retiros,  nos metía en esta escena. En el interior del leproso, sintiendo la pobreza de este excluido y pidiendo que repitiéramos su oración: “Señor, si quieres puedes limpiarme”.
Jesús acorta la distancia con el leproso, hasta tocarle sin miedo de ensuciarse. Podía haberle dicho desde la distancia: “quedas curado”. En cambio se acercó y lo curo. Esta es la cercanía cristiana que nos muestra Jesús, libera al leproso de la  impureza de la enfermedad y también de la exclusión social.
Después fue más allá al decir al antiguo leproso “ve a presentarte al sacerdote y haz lo que se debe hacer cuando un leproso es curado”. Con este mandato al excluido,  lo está incorporando a la vida de la Iglesia, a la vida social. Deberíamos preguntarnos si tenemos miedo de acercarnos al marginado,  si hacemos lo que podemos para incluirlo en nuestra vida de Iglesia, en nuestra vida social.
Dios también había liberado a Sara de la impureza de ser una mujer infértil. Una de las bendiciones que recibe el hombre “que teme al Señor” es la mujer fecunda y los “hijos, como renuevos de olivo, alrededor de tu mesa”. Es evidente que Sara no disfrutaba de esa posición, pero los criterios de Dios no son los de los hombres. Sara, la mujer estéril, será madre de  Isaac y con él Dios empezará a tejer la alianza con los hombres.  Sara “la impura” será una alegoría de tantos excluidos, sobre los que la acción de Dios transformará en “piedra angular”.

Acabemos nuestras reflexiones con un coloquio con Jesús.  San Ignacio nos lo precisa: “el coloquio se hace, propiamente hablando, así como un amigo habla a otro, o un siervo a su señor: cuándo pidiendo alguna gracia, cuándo culpándose por algún mal hecho, cuándo comunicando sus cosas y queriendo consejo en ellas. Y decir un Pater noster”.

29/6/2017, san Pedro y san Pablo, Apóstoles

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (12, 1-11)
En aquellos días, el rey Herodes decidió arrestar a algunos miembros de la Iglesia para maltratarlos. Hizo pasar a cuchillo a Santiago, hermano de Juan. Al ver que esto agradaba a los judíos, decidió detener a Pedro. Eran los días de los Ácimos. Después de prenderlo, lo metió en la cárcel, entregándolo a la custodia de cuatro piquetes de cuatro soldados cada uno; tenía intención de presentarlo al pueblo pasadas las fiestas de Pascua. Mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él. Cuando Herodes iba a conducirlo al tribunal, aquella misma noche, estaba Pedro durmiendo entre dos soldados, atado con cadenas. Los centinelas hacían guardia a la puerta de la cárcel. De repente, se presentó el ángel del Señor, y se iluminó la celda. Tocando a Pedro en el costado, lo despertó y le dijo: «Date prisa, levántate». Las cadenas se le cayeron de las manos, y el ángel añadió: «Ponte el cinturón y las sandalias». Así lo hizo, y el ángel le dijo: «Envuélvete en el manto y sígueme». Salió y lo seguía sin acabar de creerse que era realidad lo que hacía el ángel, pues se figuraba que estaba viendo una visión. Después de atravesar la primera y la segunda guardia, llegaron al portón de hierro que daba a la ciudad, que se abrió solo, ante ellos. Salieron, y anduvieron una calle y de pronto se marchó el ángel. Pedro volvió en sí y dijo: «Ahora sé realmente que el Señor ha enviado a su ángel para librarme de las manos de Herodes y de toda la expectación del pueblo de los judíos».
Salmo responsorial (Sal 33, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9)
R. El Señor me libró de todas mis ansias.
Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren. 
R.
Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor, y me respondió, me libró de todas mis ansias. 
R.
Contempladlo, y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará.
El afligido invocó al Señor, él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. 
R.
El ángel del Señor acampa en torno a quienes lo temen y los protege.
Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él. 
R.
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo 4, 6-8. 17-18
Querido hermano: Yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente. He combatido el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe. Por lo demás, me está reservada la corona de la justicia, que el Señor, juez justo, me dará en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que hayan aguardado con amor su manifestación. Mas el Señor me estuvo a mi lado y me dio fuerzas para que, a través de mí, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todas las naciones. Y fui librado de la boca del león. El Señor me librará de toda obra mal y me salvará llevándome a su reino celestial.  A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Lectura del santo evangelio según san Mateo (16, 13-19)

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: -«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» Ellos contestaron: -«Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.» Él les preguntó: -«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro tomó la palabra y dijo: -«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.» Jesús le respondió: -«¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo».

29 junio 2017. San Pedro y san Pablo, apóstoles – Puntos de oración

Según leía esta mañana la lectura del libro de los hechos de los apóstoles, pensaba en la aplicación que para mi vida tenía esta milagrosa anécdota. En ella leemos cómo el ángel del Señor interviene en un trance difícil para sacar al apóstol Pedro del atolladero. Pero no es esto lo que me interpela pues, realmente, yo no me he visto nunca en parecida circunstancia. Lo que me interpela son las ocasiones en que Dios ha intervenido en mi vida de manera manifiesta y a mí, como a Pedro, me ha costado reconocer su presencia en los acontecimientos aparentemente cotidianos.
El texto insiste en describir con profusión de detales las circunstancias del encarcelamiento: “la custodia de cuatro piquetes de cuatro soldados cada uno”; “entre dos soldados, atado con cadenas. Los centinelas hacían guardia a la puerta de la cárcel”. ¡Vamos que ni el mismo Houdini!. Y,sin embargo, la acción del ángel se desarrolla en la más absoluta sencillez y discreción: «Date prisa, levántate». «Ponte el cinturón y las sandalias». «Envuélvete en el manto y sígueme». Y Pedro “salió y lo seguía sin acabar de creerse que era realidad lo que hacía el ángel, pues se figuraba que estaba viendo una visión”.
¡Cuántas veces pasará el ángel del Señor a nuestro lado, incluso de manera asombrosa, y no seremos capaces de verlo! ¡Cuánto más si es en la sencillez de la vida cotidiana! Hablaremos entonces de casualidad, azar, suerte… Si, como dice el salmo, consultáramos más al Señor a la hora de tomar decisiones o acometer una empresa, ¡de cuántas ansias nos libraríamos! Este es el testimonio que refleja la segunda lectura del apóstol San Pablo: Basándose en su experiencia de años de ministerio y de correrías apostólicas a lo largo del Asia Menor, a pesar de todas las zozobras y sufrimientos, con toda paz y verdad puede decir de su Señor Jesús: “me estuvo a mi lado y me dio fuerzas”.
Y así, como hombre transformado en Cristo, y a pesar de su situación cercana a la muerte, es capaz de decir: “El Señor me seguirá librando de todo mal y me salvará llevándome a su reino celestial”.

Pues a esta vivencia de fe estamos llamados todos, a esta gozosa experiencia del amor de un Dios Padre providente que manda su ángel para nuestro cuidado, en las circunstancias excepcionales y en las cotidianas.

28/6/2017, Miércoles de la XII semana de Tiempo Ordinario – San Ireneo

Lectura del libro del Génesis (15, 1-12. 17-18)
En aquellos días, el Señor dirigió a Abrán, en una visión, la siguiente palabra: «No temas, Abrán, yo soy tu escudo, y tu paga será abundante». Abrán contestó: «Señor, Dios ¿qué me vas a dar si soy estéril, y Eliezer de Damasco será el amo de mi casa?». Abrán añadió: «No me has dado hijos, y un criado de casa me heredará». Pero el Señor le dirigió esta palabra: «No te heredará ese, sino uno salido de tus entrañas será tu heredero». Luego lo sacó afuera y le dijo: «Mira al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes contarlas» Y añadió: «Así será tu descendencia». Abran creyó al Señor y se le contó como justicia. Después le dijo: «Yo soy el Señor, que te sacó de Ur de los Caldeos, para darte en posesión esta tierra». Él replicó: «Señor Dios, ¿cómo sabré que yo voy a poseerla?». Respondió el Señor: «Tráeme una novilla de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón». Él los trajo y los cortó por el medio, colocando cada mitad frente a la otra, pero no descuartizó las aves. Los buitres bajaban a los cadáveres, y Abrán los espantaba. Cuando iba a ponerse el sol, un sueño profundo invadió a Abrán, y un terror intenso y oscuro cayó sobre él. El sol se puso, y vino la oscuridad; una humareda de horno y una antorcha ardiendo pasaban entre los miembros descuartizados. Aquel día el Señor concertó alianza con Abrán en estos términos: «A tus descendientes les daré esta tierra, desde el río de Egipto al Gran Río Eufrates».
Salmo responsorial (Sal 104, 1-2. 3-4. 6-7. 8-9)
R. El Señor se acuerda de su alianza eternamente.
Dad gracias al Señor, invocad su nombre, dad a conocer sus hazañas a los pueblos.
Cantadle al son de instrumentos, hablad de sus maravillas. 
R.
Gloriaos de su nombre santo, que se alegren los que buscan al Señor.
Recurrid al Señor y a su poder, buscad continuamente su rostro. 
R.
¡Estirpe de Abrahán, su siervo; hijos de Jacob, su elegido!
El Señor es nuestro Dios, él gobierna toda la tierra. 
R.
Se acuerda de su alianza eternamente, de la palabra dada, por mil generaciones;
de la alianza sellada con Abrahán, del juramento hecho a Isaac. 
R.
Lectura del santo evangelio según san Mateo (7, 15-20)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuidado con los profetas falsos; se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos? Así, todo árbol sano da frutos buenos; pero el árbol dañado da frutos malos. Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos. El árbol que no da fruto bueno se tala y se echa al fuego. Es decir, que por sus frutos los conoceréis».

28 junio 2017. Miércoles de la XII semana de Tiempo Ordinario – San Ireneo – Puntos de oración

Antes de comenzar nuestro rato de oración, hacemos un verdadero acto de fe creyendo que Jesús está a nuestro lado, que nos quiere y confía en nosotros.
Hoy la oración puede tener dos polos: en primer lugar hemos leído en el Génesis el momento en que Dios hace un pacto con Abrahán, y Abrahán responde con un acto de fe enorme. La fe de Abrahán ha sido y sigue siendo uno de los pilares de nuestra vida cristiana. Abrahán no había tenido hijos porque era estéril. Un siervo de su casa había tenido un hijo con Sara su mujer para darle descendencia; pero Abrahán no estaba de acuerdo con esa situación y la aceptaba porque no le quedaba otra. Dios le promete que va a tener descendencia y le saca a la oscuridad de la noche para que cuente, si puede, las estrellas que están sobre ellos: es imposible. Pues así será el número de los descendientes de Abrahán. Nuestro padre en la fe cree y Dios se pone tan contento que establece un pacto con él.
Ahora es el momento de preguntarte ¿cómo es tu fe? ¿Tú realmente crees en Dios? ¿Crees en Jesucristo? ¿En su Iglesia? Te invito a recitar disfrutando el CREDO, lee frase tras frase, despacio, saboreando las palabras y quédate allí donde encuentres gracia:
Creo en Dios, Padre Todopoderoso,
Creador del cielo y de la tierra.
Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor,
que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo,
nació de Santa María Virgen,
padeció bajo el poder de Poncio Pilato,
fue crucificado, muerto y sepultado,
descendió a los infiernos,
al tercer día resucitó de entre los muertos,
subió a los cielos y
está sentado a la derecha de Dios,
Padre Todopoderoso.
Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos.
Creo en el Espíritu Santo,
la santa Iglesia católica,
la comunión de los santos,
el perdón de los pecados,
la resurrección de la carne y la vida eterna.
Amén.
En un segundo momento de nuestra oración, recordamos la respuesta del salmo responsorial: “El Señor se acuerda de su alianza eternamente”.
No dudes nunca de que Dios se acuerda; y aunque tú la olvides, Él siempre tiene presente esa alianza.

Termina con un coloquio con nuestra Señora: Ella es la Reina de la Fe.

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