23/11/2017, Jueves de la XXXIII semana del Tiempo Ordinario

Lectura del primer libro de los Macabeos (2, 15-29)
En aquellos días, los funcionarios reales, encargados de imponer la apostasía, llegaron a Modin, para que la gente ofreciese sacrificios, y muchos israelitas acudieron a ellos. Matatías y sus hijos se reunieron aparte. Los funcionarios del rey tomaron la palabra y dijeron a Matatías: «Tú eres un personaje ilustre, un hombre importante en esta ciudad, y estás respaldado por tus hijos y parientes. Adelántate el primero, haz lo que manda el rey, como lo han hecho todas las naciones, y los mismos judíos, y los que han quedado en Jerusalén. Tú y tus hijos recibiréis el título de Amigos del rey; os premiarán con oro y plata y muchos regalos». Pero Matatías respondió en voz alta: «Aunque todos los súbditos del rey le obedezcan apostatando de la religión de sus padres, y aunque prefieran cumplir sus órdenes, yo, mis hijos y mis parientes viviremos según la Alianza de nuestros padres. ¡Dios me libre de abandonar la ley y nuestras costumbres! No obedeceremos las órdenes del rey, desviándonos de nuestra religión ni a derecha ni a izquierda». Nada más decirlo, un judío se adelantó a la vista de todos, dispuesto a sacrificar sobre el ara de Modin, como lo mandaba el rey. Al verlo, Matatías se indignó, tembló de cólera y, en un arrebato de ira santa, corrió a degollar a aquel hombre sobre el ara. Y, acto seguido, mató al funcionario real que obligaba a sacrificar y derribó el ara. Lleno de celo por la ley, hizo lo que Pinjás a Zimrí, hijo de Salu. Luego empezó a decir a voz en grito por la ciudad: «¡Todo el que sienta celo por la ley y quiera mantener la Alianza, que me siga!». Y se echó al monte, con sus hijos, dejando en la ciudad todo cuanto tenía. Por entonces, muchos decidieron bajar al desierto para instalarse allí, porque deseaban vivir santamente de acuerdo con el derecho y la justicia.
Salmo responsorial (Sal 49, 1-2. 5-6. 14-15)
R. Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios
El Dios de los dioses, el Señor, habla: convoca la tierra de oriente a occidente.
Desde Sión, la hermosa, Dios resplandece. 
R.
«Congregadme a mis fieles, que sellaron mi pacto con un sacrificio.»
Proclame el cielo su justicia; Dios en persona va a juzgar. 
R.
«Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza, cumple tus votos al Altísimo
e invócame el día del peligro: yo te libraré, y tú me darás gloria.» 
R.
Lectura del santo evangelio según san Lucas (19, 41-44)

En aquel tiempo, al acercarse Jesús a Jerusalén y ver la ciudad, lloró sobre ella, mientras decía: «¡Si reconocieras tú también en este día lo que conduce a la paz! Pero ahora está escondido a tus ojos. Pues vendrán días sobre ti en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco, de todos lados, te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán piedra sobre piedra. Porque no reconociste el tiempo de tu visita».

23 noviembre 2017. Jueves de la XXXIII semana del Tiempo Ordinario – Puntos de oración

“A Dios que concede el hablar y el escuchar le pido hablar de tal manera que el que escucha llegue a ser mejor, y escuchar de tal manera que no caiga en la tristeza el que habla”
Las lecturas de hoy tienen dos lecturas: una más íntima o espiritual y otra más de llamada exterior.
-     Un Jesús que llora. Para las veces que tenemos la tentación de ver a un Jesús lejano, que no hace mucho caso del mal, que parece inalterable e impasible, hoy nos plantamos con un Jesús que antes el mal y la decadencia del Pueblo, llora a lágrima viva. Del pueblo del que ha nacido, que ha obtenido el favor y la cercanía de Dios de una manera especialísima a lo largo de los siglos, el pueblo al que ha venido a hablarles de la Buena Nueva (a ellos en primer lugar), el Pueblo cargado de infidelidades a Dios. Es Pueblo sigue siendo la niña de los ojos del Señor. No le es ajeno. Se lamenta del destino que han escogido: no es un castigo lo que profetiza, es una consecuencia natural a sus actos. Ante esta escena: ¿quiero consolar a Jesús que sufre tanto por el mundo? ¿quiero yo unirme también a ese dolor de Jesús? Es, en el fondo, el Evangelio que nos recuerda a Fátima y su mensaje.
-     Una llamada a la misión. Jesús no sólo se lamenta. Llora y exclama, pero un tiempo después no renuncia a dar su vida por ellos en la Cruz. Tampoco a ellos les cierra el mensaje de Salvación y también por ellos exclama en la Cruz “Padre, perdónales”. Es una llamada a vivir en coherencia nuestro cristianismo, a vivir en un continuo consuelo a Jesús y ofreciendo al mundo un testimonio y una palabra de Salvación, una llamada a arrancar el pecado del mundo para sembrar el Evangelio. Es la reacción de Matatías en la primera lectura, que exige de nosotros una lectura benévola, cristiana y contextualizada, pero que nos debe llenar también del “celo por la casa del Señor”.
Por último, estas son unas lecturas donde somos “los buenos”, los espectadores y que nos hacen un reclamo concreto. Sin embargo, también podemos hacer otra lectura: vuelve a leer estos puntos de oración y allí donde he escrito “ellos”, “Pueblo elegido”, “judíos”, pon ahora tu nombre, también está cargado de sentido. En resumen, tres palabras: conversión, perdón, misión.

Feliz oración.

22/11/2017, Miércoles de la XXXIII semana del Tiempo Ordinario

Lectura del segundo libro de los Macabeos (7, 1. 20-31)
En aquellos días, arrestaron a siete hermanos con su madre. El rey los hizo azotar con látigos y nervios para forzarlos a comer carne de cerdo, prohibida por la ley. En extremo admirable y digno de recuerdo fue la madre, quien, viendo morir a sus siete hijos en el espacio de un día, lo soportó con entereza, esperando en el Señor. Con noble actitud, uniendo un temple viril a la ternura femenina, fue animando a cada uno, y les decía en su lengua patria: «Yo no sé cómo aparecisteis en mi seno; yo no os regalé el aliento ni la vida, ni organicé los elementos de vuestro organismo. Fue el creador del universo, quien modela la raza humana y determina el origen de todo. Él, por su misericordia, os devolverá el aliento y la vida, si ahora os sacrificáis por su ley». Antíoco creyó que la mujer lo despreciaba, y sospechó que lo estaba insultando. Todavía quedaba el más pequeño, y el rey intentaba persuadirlo; más aún, le juraba que si renegaba de sus tradiciones lo haría rico y feliz, lo tendría por Amigo y le daría algún cargo. Pero como el muchacho no le hacía ningún el menor caso, el rey llamó a la madre y le rogaba que aconsejase al chiquillo para su bien. Tanto le insistió, que la madre accedió a persuadir al hijo; se inclinó hacia él y, riéndose del cruel tirano, habló así en su idioma patrio: «¡Hijo mío, ten piedad de mí, que te llevé nueve meses en el seno, te amamanté y crié durante tres años y te he alimentado hasta que te has hecho mozo! Hijo mío, te lo suplico, mira el cielo y la tierra, fíjate en todo lo que contienen y ten presente que Dios lo creó todo de la nada, y el mismo origen tiene el género humano. No temas a ese verdugo; mantente a la altura de tus hermanos y acepta la muerte. Así, por la misericordia de Dios, te recobraré junto con ellos». Estaba todavía hablando, cuando el muchacho dijo: «¿Qué esperáis? No obedezco el mandato del rey; obedezco el mandato de la ley dada a nuestros padres por medio de Moisés. Pero tú, que eres el causante de todas las desgracias de los hebreos, no escaparás de las manos de Dios».
Salmo responsorial (Sal 16, 1. 5-6. 8 y 15)
R. Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.
Señor, escucha mi apelación, atiende a mis clamores,
presta oído a mi súplica, que en mis labios no hay engaño. 
R.
Mis pies estuvieron firmes en tus caminos, y no vacilaron mis pasos.
Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío; inclina el oído y escucha mis palabras. 
R.
Guárdame como a las niñas de tus ojos, a la sombra de tus alas escóndeme.
Pero yo con mi apelación vengo a tu presencia, y al despertar me saciaré de tu semblante. 
R.
Lectura del santo evangelio según san Lucas (19, 11-28)

En aquel tiempo, Jesús dijo una parábola, porque estaba él cerca de Jerusalén y pensaban que el reino de Dios iba a manifestarse enseguida. Dijo, pues: «Un hombre noble se marchó a un país lejano para conseguirse el título de rey, y volver después. Llamó a diez siervos suyos y les repartió diez minas de oro, diciéndoles: "Negociad mientras vuelvo". Pero sus conciudadanos lo aborrecían y enviaron tras de él una embajada diciendo: "No queremos que este llegue a reinar sobre nosotros". Cuando regresó de conseguir el título real, mandó llamar a su presencia a los siervos a quienes había dado el dinero, para enterarse de lo que había ganado cada uno. El primero se presentó y dijo: "Señor, tu mina ha producido diez". Él le dijo: "Muy bien, siervo bueno; ya que has sido fiel en lo pequeño, recibe el gobierno de diez ciudades". El segundo llegó y dijo: "Tu mina, señor, ha rendido cinco". A ese le dijo también: "Pues toma tú el mando de cinco ciudades". El otro llegó y dijo: "Señor, aquí está tu mina; la he tenido guardada en un pañuelo, porque tenía miedo, porque eres un hombre exigente que retiras lo que no has depositado y siegas lo que no has sembrado". Él le dijo: "Por tu boca te juzgo, siervo malo. ¿Conque sabías que soy exigente, que retiro lo que no he depositado y siego lo que no he sembrado? Pues, ¿por qué no pusiste mi dinero en el banco? Al volver yo, lo habría cobrado con los intereses". Entonces dijo a los presentes: "Quitadle a éste la mina y dádsela al que tiene diez minas". Le dijeron: "Señor, si ya tiene diez minas". "Os digo: al que tiene se le dará, pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Y en cuanto a esos enemigos míos, que no querían que llegase a reinar sobre ellos, traedlos acá y degolladlos en mi presencia"». Dicho esto, caminaba delante de ellos, subiendo hacia Jerusalén.

22 noviembre 2017. Miércoles de la XXXIII semana del Tiempo Ordinario – Puntos de oración

Jesús sube a Jerusalén para ser proclamado rey y establecer su reinado. Pero esta subida no es como se podría imaginar llena de gloria, sino que pasa por la cruz. Esta alusión a Jerusalén abre y cierra el evangelio de hoy. El reinado de Jesucristo podríamos concluir pasa por el momento presente, en el ahora es cuando se determina ese señorío de Cristo en nuestras vidas. La expectación del Reino era viva en tiempos de Jesús y lo fue por mucho tiempo entre los primeros cristianos y los apóstoles debieron educar a aquellas generaciones en la verdadera esperanza. Pedimos nosotros hoy esa verdadera esperanza para nuestra vida que con la fe y la caridad debemos acrecentar cada día.
“NEGOCIAD MIENTRAS VUELVO”
Hoy la iglesia recuerda a santa Cecilia, virgen y mártir, una de las siete mártires que recuerda la anáfora primera de la misa: “…Águeda, Lucia, Inés, Cecilia…”. En la primera lectura vemos el valor del martirio en ese texto heroico del libro de los macabeos. La verdadera esperanza dio valor a esa madre para alentar a sus hijos fundada en la verdadera fe y amor a Dios. Es una constante de la historia: el sufrimiento del justo en esta vida que pasa y su aportación correctora frente al mal imperante. 
Estos testimonios de valor alientan el martirio blanco del cumplimiento del deber que edifica el reinado de Jesucristo en este mundo. La esperanza cristiana es el mayor motor de desarrollo de este mundo, lo que le orienta hacia su plenitud aquí y en la nueva creación. Jesucristo recapitula en si todas las cosas.

La pequeña gran santa de este día, patrona de la música, interceda por nosotros y nos ayude a poner armonía en nuestra vida.

21/11/2017, Martes de la XXXIII semana del T. Ordinario – Presentación de la Virgen

Lectura del segundo libro de los Macabeos (6, 18-31)
En aquellos días, Eleazar era uno de los principales maestros de la Ley, hombre de edad avanzada y semblante muy digno. Le abrían la boca a la fuerza para que comiera carne de cerdo. Pero él, prefiriendo una muerte honrosa a una vida de infamia, escupió la carne y avanzó voluntariamente al suplicio, como deben hacer los que son constantes en rechazar manjares prohibidos, aun a costa de la vida. Quienes presidían este impío banquete, viejos amigos de Eleazar, movidos por una compasión ilegítima, lo llevaron aparte y le propusieron que hiciera traer carne permitida, preparada por él mismo, y que la comiera haciendo como que comía la carne del sacrificio ordenado por el rey, para que así se librara de la muerte y, dada su antigua amistad, lo tratasen con consideración. Pero él, adoptando una actitud cortés, digna de sus años, de su noble ancianidad, de sus canas honradas e ilustres, de su conducta intachable desde niño y, sobre todo, digna de la ley santa dada por Dios, respondió coherentemente, diciendo enseguida: «¡Enviadme al sepulcro! No es digno de mi edad ese engaño. Van a creer los jóvenes que Eleazar a los noventa años ha apostatado y si miento por un poco de vida que me queda se van a extraviar con mi mal ejemplo. Eso sería manchar e infamar mi vejez. Y, aunque de momento me librase del castigo de los hombres, no me libraría de la mano del Omnipotente, ni vivo ni muerto. Si muero ahora como un valiente, me mostraré digno de mis años y legaré a los jóvenes un noble ejemplo, para que aprendan a arrostrar voluntariamente una muerte noble por amor a nuestra santa y venerable ley». Dicho esto, se fue enseguida al suplicio. Los que lo llevaban, considerando insensatas las palabras que acababa de pronunciar, cambiaron en dureza su actitud benévola de poco antes. Pero él, a punto de morir a causa de los golpes, dijo entre suspiros: «Bien sabe el Señor, dueño de la ciencia santa, que, pudiendo librarme de la muerte, aguanto en mi cuerpo los crueles dolores de la flagelación, y que en mi alma los sufro con gusto por temor de él». De esta manera terminó su vida, dejando no sólo a los jóvenes, sino a la mayoría de la nación, un ejemplo memorable de heroísmo y de virtud.
Salmo responsorial (Sal 3, 2-3. 4-5. 6-7)
R. El Señor me sostiene.
Señor, cuántos son mis enemigos, cuántos se levantan contra mí;
cuántos dicen de mí: «Ya no lo protege Dios.» 
R.
Pero tú, Señor, eres mi escudo y mi gloria, tú mantienes alta mi cabeza.
Si grito invocando al Señor, él me escucha desde su monte santo. 
R.
Puedo acostarme y dormir y despertar: el Señor me sostiene.
No temeré al pueblo innumerable que acampa a mi alrededor.
Levántate, Señor; sálvame, Dios mío. 
R.
Lectura del santo evangelio según san Lucas (19, 1-10)

En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó e iba atravesando la ciudad. En esto, un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de ver quién era Jesús, pero no lo lograba a causa del gentío, porque era pequeño de estatura. Corriendo más adelante, se subió a un sicomoro para verlo, porque tenía que pasar por allí. Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y le dijo: «Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa». Él se dio prisa en bajar y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador». Pero Zaqueo, de pie, y dijo al Señor: «Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más». Jesús le dijo: «Hoy ha sido la salvación de esta casa, pues también este es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido».

21 noviembre 2017. Martes de la XXXIII semana del T. O. – Presentación de la Virgen – Puntos de oración

Acudimos, como cada día, a encontrarnos con nuestro amigo Jesús, el Señor, que como siempre, nos espera. De hecho, no nos quita ojo de encima y está deseando que llegue este momento del día en el que vienes a verle.
El evangelio de hoy nos muestra precisamente esto: Jesús, que ve desde lejos los movimientos del pequeño Zaqueo, se sitúa en lugar adecuado para dejarse encontrar por él, como se deja encontrar en este momento por ti. Dios se deja encontrar porque desea cruzar su mirada con la tuya e invitarte a pasar un rato íntimo contigo, a solas, en tu hogar, en tu corazón.
Hoy, déjate mirar hasta el fondo por Jesús. Deja que ilumine tu realidad y observa los movimientos de tu corazón. Mira cómo se alegra en su presencia, cómo se abre ante su mirada de amor. ¿Qué quieres devolver hoy? ¿De qué te quieres liberar? ¿Qué has descubierto que te sobra ahora que estás con Jesús? Mucho que pensar, que rezar, que preguntarle a Él. Hazlo ahora, en este momento de silencio. Pídele al Señor que te haga ver su voluntad sobre tu vida, que abra tu corazón y tu mente. Y pídele memoria agradecida de éste encuentro que hoy estás teniendo con Él.
Terminemos cayendo en la cuenta de que Dios nos sostiene, como dice el salmo, y como muestra el ejemplo de la primera lectura. Pidamos a la Virgen, en esta campaña de la Inmaculada que nos ayude a buscar a Jesús como Zaqueo y a ser valientes como Eleazar.

20/11/2017, Lunes de la XXXIII semana del Tiempo Ordinario

Lectura del primer libro de los Macabeos (1,10-15.41-43.54-57.62-64)
En aquellos días, brotó un vástago perverso: Antíoco Epifanes, hijo del rey Antíoco. Había estado en Roma como rehén, y subió al trono el año ciento treinta y siete de la era seléucida. Por entonces surgieron en Israel hijos apóstatas que convencieron a muchos: «Vayamos y pactemos con las naciones vecinas, pues desde que nos hemos aislado de ellas nos han venido muchas desgracias». Les gustó la propuesta y algunos del pueblo decidieron acudir al rey. El rey les autorizó a adoptar la legislación pagana; y entonces, acomodándose a las costumbres de los gentiles, construyeron en Jerusalén un gimnasio, disimularon la circuncisión, apostataron de la alianza santa, se asociaron a los gentiles y se vendieron para hacer el mal. El rey decretó la unidad nacional para todos los súbditos de su reino, obligando a cada uno a abandonar la legislación propia. Todas las naciones acataron la orden del rey e incluso muchos israelitas adoptaron la religión oficial: ofrecieron sacrificios a los ídolos y profanaron el sábado. El día quince de casleu del año ciento cuarenta y cinco, el rey Antíoco mandó poner sobre el altar de los holocaustos la abominación de la desolación; y fueron poniendo aras por todas las poblaciones judías del contorno. Quemaban incienso ante las puertas de las casas y en las plazas. Rasgaban y echaban al fuego los libros de la ley que encontraban; al que descubrían en casa un libro de la Alianza, y a quien vivía de acuerdo con la ley, lo ajusticiaban según el decreto real. Pero hubo muchos israelitas que resistieron, haciendo el firme propósito de no comer alimentos impuros. Prefirieron la muerte antes que contaminarse con aquellos alimentos y profanar la Alianza santa. Y murieron. Una cólera terrible se abatió sobre Israel.
Salmo responsorial (Sal 118, 53. 61. 134. 150. 155. 158)
R. Dame vida, Señor, para que observe tus preceptos.
Sentí indignación ante los malvados, que abandonan tu ley. R.
Los lazos de los malvados me envuelven, pero no olvido tu ley. R.
Líbrame de la opresión de los hombres, y guardaré tus mandatos. R.
Ya se acercan mis inicuos perseguidores, están lejos de tu ley. R.
La justicia está lejos de los malvados que no buscan tus decretos. R.
Viendo a los renegados, sentía asco, porque no guardan tus mandatos. R.
Lectura del santo evangelio según san Lucas (18, 35-43)

Cuando se acercaba Jesús a Jericó, había un ciego sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que pasaba gente, preguntaba qué era aquello; y le informaron: «Pasa Jesús Nazareno». Entonces empezó a gritar: «¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!». Los que iban delante le regañaban para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!». Jesús se paró y mandó que se lo trajeran. Cuando estuvo cerca, le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?». Él dijo: «Señor, que recobre la vista». Jesús le dijo: «Recobra la vista, tu fe te ha salvado». Y enseguida recobró la vista y lo seguía, glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al ver esto, alabó a Dios.

20 noviembre 2017. Lunes de la XXXIII semana del Tiempo Ordinario – Puntos de oración

Empezamos nuestra oración invocando al Espíritu Santo: “Ven Espíritu Divino e infunde en nuestros corazones el fuego de tu amor”.
Una vez que ya nos hemos puesto en presencia de Dios pidiendo la asistencia del Espíritu Santo, podemos repetir al Señor lentamente y varias veces: “Jesús en Ti confío, Jesús en Ti confío,…”.
Para la oración de hoy, si te ayuda, te propongo meditar las lecturas de la Misa como una historia de pecado, conversión y perdón misericordioso. Es una historia que todos seguramente hemos vivido en nuestras propias carnes: dar la espalda a Dios, darnos cuenta por su Misericordia de nuestro error y recibir su perdón siendo acogidos por Él. En la primera lectura se nos cuenta cómo los israelitas abandonan el camino de la fe ante la dificultad. Muchas veces a nosotros nos ocurre esto; somos frágiles y al igual que les sucedió a ellos, el mal se nos presenta atractivo y nos engaña en apariencia de un bien, que nos hace pecar y nos llega a esclavizar. Los israelitas dejan de ser libres adoptando las costumbres romanas y acaban sometidos, renunciado a lo que Dios había pensado para ellos desde el principio; ellos son el pueblo elegido de Dios. El adoptar las costumbres romanas les hace olvidarse de Dios y pecar.
Una vez que nos hemos dado cuenta de que no somos libres y de que nuestra vida era mejor con Dios que sin Él, queremos dar a nuestra vida un cambio radical para volver a ser felices, eso es la conversión, cambiar nuestro corazón y dárselo a Dios. En el salmo responsorial se refleja este paso del camino: Dame vida, Señor, para que observe sus decretos. En él decimos al Señor que nos libre de los malvados y le confesamos que sentimos asco de nuestro pecado. “Señor, reconozco mi pecado. Te pido que me ayudes a alejarme de él”.
La tercera etapa del camino se describe perfectamente en el Evangelio de hoy. La tercera etapa es la del perdón de Dios. Estaba ciego por mi pecado, el cual ya he reconocido y del cual estoy muy arrepentido. Veo al Señor que pasa a mi lado y le pido misericordia: ¡Hijo de David, ten compasión de mí! Jesús responde: ¿Qué quieres que haga por ti? Respondo: “¡qué vea Señor!, y que me perdones porque quiero ver Señor”. Y Jesús, que es Misericordia infinita, nos ama tanto y responde: “tu fe te ha salvado”. Sólo nos falta imitar la actitud del ciego: seguir a Jesús, alabándole y dando testimonio de la misericordia que ha tenido con nosotros.

Le pedimos a la Santísima Virgen que interceda por nosotros en este camino de conversión

19/11/2017, Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Lectura del libro de los Proverbios (31, 10-13. 19-20. 30-31)
Una mujer fuerte, ¿quién la hallará? Supera en valor a las perlas. Su marido se fía de ella, y no le faltan riquezas. Le trae ganancias, no pérdidas todos los días de su vida. Busca la lana y el lino y los trabaja con la destreza de sus manos. Aplica sus manos al huso, con sus dedos sostiene la rueca. Abre sus manos al necesitado y tiende sus brazos al pobre. Engañosa es la gracia, fugaz la hermosura; la que teme al Señor merece alabanza. Cantadle por el éxito de su trabajo, que sus obras la alaben en público.
Salmo responsorial (Sal 127, 1-2. 3. 4-5)
R. Dichosos los que temen al Señor.
Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos.
Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien. 
R.
Tu mujer, como parra fecunda, en medio de tu casa;
tus hijos, como renuevos de olivo, alrededor de tu mesa. 
R.
Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor.
Que el Señor te bendiga desde Sión, que veas la prosperidad de Jerusalén
todos los días de tu vida. 
R.
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses (5, 1-6)
En lo referente al tiempo y a las circunstancias, hermanos, no necesitáis que os escriba, pues vosotros sabéis perfectamente que el Día del Señor llegará como un ladrón en la noche. Cuando estén diciendo: «paz y seguridad», entonces, de improviso, les sobrevendrá la ruina, como los dolores de parto a la que está encinta, y no podrán escapar. Pero vosotros, hermanos, no vivís en tinieblas, de forma que ese día os sorprenda como un ladrón; porque todos sois hijos de la luz e hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas. Así, pues, no nos entreguemos al sueño como los demás, sino estemos en vela y vivamos sobriamente.
Lectura del santo evangelio según san Mateo (25, 14-30)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus siervos y los dejó al cargo de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó. El que recibió cinco talentos fue en seguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno fue hacer un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo vino el señor de aquellos siervos y se puso a ajustar las cuentas con ellos. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: "Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco". Su señor le dijo: "Bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor". Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo: "Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos". Su señor le dijo: "¡Bien, siervo bueno y fiel!; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor". Se acercó también el que había recibido un talento y dijo: "Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo". El señor le respondió: "Eres un empleado negligente y holgazán. ¿Conque sabias que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese siervo inútil echadlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes"».

19 noviembre 2017. Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario (Ciclo A) – Puntos de oración

En este domingo algunos estamos haciendo un día de retiro, otro estaréis en vuestras casas y algunos en la Iglesia. Nos ponemos en la presencia de Dios. Hacemos el ofrecimiento de obras.
Leo despacio las lecturas y el evangelio y me quedo en silencio, meditando lo que me dice.
El Evangelio de este domingo  narra la parábola de los talentos tomada de san Mateo. El hombre de la parábola representa a Jesús; los siervos somos nosotros y los talentos son el patrimonio que el Señor nos confía. ¿Cuál es el patrimonio? Su Palabra; la Eucaristía, la fe en el Padre celestial, su perdón, sus bienes más preciosos…, estos son el patrimonio que Él nos confía, no solo para custodiar, sino para hacer que fructifique. Todos los bienes que hemos recibido son para darlos a los demás. Y así crecen. Es como si nos dijera«aquí tienes mi misericordia, mi ternura mi perdón. Tómalos y haz amplio uso de ellos». Y nosotros, ¿qué hemos hecho con ello? ¿A quién hemos contagiado con nuestra fe?
En esta parábola se condena al pusilánime y se elogia a quien se pone a trabajar con lo que tiene para, desde ahí, multiplicar el patrimonio recibido. La libertad es, podríamos decir, la puesta en marcha o en juego de los propios talentos, y a eso nos llama este evangelio.
Pedir al Padre bueno que me ayude a darlo todo por Cristo, a ser mejor y más fiel en el seguimiento.
Pido durante este tiempo por aquellos familiares que lo necesitan.
Me dispongo a terminar el tiempo ordinario y preparar la fiesta de Cristo Rey.
Acción: Puedo hacer una lista con los talentos que me han sido concedidos y mirar a ver si hay alguno que esté enterrado en un agujero del suelo.

Si se me hace difícil, recordar a Santa Teresa que, cuando algo se le hacía difícil, decía: «Mirad a Cristo clavado en la Cruz y todo se os hará poco».

18/11/2017, sábado de la XXXII semana del T. O. – Basílicas de San Pedro y San Pablo

Lectura del libro de la Sabiduría (18, 14-16; 19, 6-9)
Cuando un silencio apacible lo envolvía todo y la noche llegaba a la mitad de su carrera, tu palabra omnipotente se lanzó desde el cielo, desde el trono real, cual guerrero implacable sobre una tierra condenada al exterminio; empuñaba la espada afilada de tu decreto irrevocable, se detuvo y todo lo llenó de muerte, mientras tocaba el cielo, pisoteaba la tierra. Toda la creación, obediente a tus órdenes, cambió radicalmente su misma naturaleza, para guardar incólumes a tus hijos. Se vio una nube que daba sombra al campamento, la tierra firme que emergía donde antes había agua, el mar Rojo convertido en un camino practicable y el oleaje impetuoso en una verde llanura, por donde pasaron en masa los protegidos por tu mano, contemplando prodigios admirables Pacían como caballos, y retozaban como corderos, alabándote a ti, Señor, su libertador.
Salmo responsorial (Sal 104, 2-3. 36-37. 42-43)
R. Recordad las maravillas que hizo el Señor.
Cantadle al son de instrumentos, hablad de sus maravillas;
gloriaos de su nombre santo, que se alegren los que buscan al Señor. 
R.
Hirió de muerte a los primogénitos del país, primicias de su virilidad.
Sacó a su pueblo cargado de oro y plata, y entre sus tribus nadie tropezaba. 
R.
Porque se acordaba de la palabra sagrada que había dado a su siervo Abrahán,
sacó a su pueblo con alegría, a sus escogidos con gritos de triunfo. 
R.
Lectura del santo evangelio según san Lucas (18, 1-8)

En aquel tiempo, Jesús, dijo a sus discípulos una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer. «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En aquella ciudad había una viuda que solía ir a decirle: "Hazme justicia frente a mi adversario". Por algún tiempo se estuvo negando, pero después se dijo a sí mismo: "Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está molestando, le voy a hacer justicia, no sea que siga viviendo a cada momento a importunarme"». Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».

17 noviembre 2017. Sábado de la XXXII semana del T. O. – Basílicas de S. Pedro y S. Pablo – Puntos de oración

“Recordad las maravillas que hizo el Señor”. “Jesús dijo a sus discípulos una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer”. La Palabra de Dios nos habla hoy de los dones del Señor. Y concretamente de esos pequeños dones que van entretejiendo nuestra vida. De esos dones que muchas veces se nos pasan desapercibidos o que despreciamos absorbidos por las preocupaciones. Hoy el Señor nos recuerda que debemos dejarnos querer por Él. Que es muy sencillo: basta tener otra mirada, un poco más atenta, sobre la realidad. Debemos, en primer lugar, “recordar” las maravillas que hace el Señor. Para ello tenemos que volver nuestra mirada hacia el pasado y preguntarnos: ¿dónde estuvo el Señor? Recordar es notar. Notar la presencia de lo invisible y los sobrenatural que no notamos cuando vivimos esta conversación, este rato trabajando o con nuestros hijos y familia. Descubriremos cuántas veces a lo largo del día, de la última semana, del último mes, de este curso que el Señor ha herido de muerte a los primogénitos de nuestros enemigos, nos ha cargado de oro y plata…
Y después de descubrirle en el entramado de nuestra vida, de darle gracias y de alabarle en nuestra oración sencilla y cotidiana. Después de todo eso, el Señor hoy nos pide que volvamos nuestro rostro hacia el futuro y le pidamos. Que le pidamos insistentemente, como un niño pide a sus padres, sabiendo que le van a dar lo que pide pues tiene experiencia del amor de su padre, pero sin dejar de insistir hasta que lo recibe. Nuestra insistencia será la prolongación de la alabanza iniciada ante los dones ya recibidos, será expresión de nuestra fe, que no es otra cosa que nuestra relación de confianza con nuestro Dios, nuestro Salvador y su Espíritu de gracia.

17/11/2017, Viernes de la XXXII semana del T. Ordinario – Santa Isabel de Hungría

Lectura del libro de la Sabiduría (13, 1-9)
Son necios por naturaleza todos los hombres que han ignorado a Dios y no han sido capaces de conocer al que es a partir de los bienes visibles, ni de reconocer al artífice fijándose en sus obras, sino que tuvieron por dioses al fuego, al viento, al aire ligero, a la bóveda estrellada, al agua impetuosa y a los luceros del cielo, regidores del mundo. Si, cautivados por su hermosura, los creyeron dioses, sepan cuánto los aventaja su Señor, pues los creó el mismo autor de la belleza. Y si los asombró su poder y energía, calculen cuánto más poderoso es quien los hizo, pues por la grandeza y hermosura de las criaturas se descubre por analogía a su creador. Con todo, estos merecen un reproche menor, pues a lo mejor andan extraviados, buscando a Dios y queriéndolo encontrar. Dan vueltas a sus obras, las investigan y quedan seducidos por su apariencia, porque es hermoso lo que ven. Pero ni siquiera estos son excusables, porque, si fueron capaces de saber tanto que pudieron escudriñar el universo, ¿cómo no encontraron antes a su Señor?
Salmo responsorial (Sal 18, 2-3. 4-5)
R. El cielo proclama la gloria de Dios.
El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos:
el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra. 
R.
Sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz,
a toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje. 
R.
Lectura del santo evangelio según san Lucas (17, 26-37)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre: comían, bebían, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca; entonces llegó el diluvio y acabó con todos. Asimismo, como sucedió en los días de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, sembraban, construían; pero el día que Lot salió de Sodoma, llovió fuego y azufre del cielo y acabó con todos. Así sucederá el día que se revele el Hijo del hombre. Aquel día, el que esté en la azotea y tenga sus cosas en casa no baje a recogerlas; igualmente el que esté en el campo, no vuelva atrás. Acordaos de la mujer de Lot. El que pretenda guardar su vida, la perderá; y el que la pierda la recobrará. Os digo que aquella noche estarán dos juntos: a uno se lo llevarán y al otro lo dejarán; estarán dos moliendo juntas: a una se la llevarán y a la otra la dejarán». Ellos le preguntaron: «¿Dónde, Señor?». Él les dijo: «Donde está el cadáver, allí se reunirán los buitres».

17 noviembre 2017. Viernes de la XXXII semana del T. O. – Santa Isabel de Hungría – Puntos de oración

La liturgia de estos días nos remite continuamente a estar preparados para para la venida del Señor, para la llegada de su Reino. Pero esta preparación debe ser diaria y continua, porque en todo momento el Señor puede llegar y de hecho llega. No está mal que todos estos días se nos recuerde. El libro de la Sabiduría, en clara alusión al Señor nos dice que siempre está la Sabiduría esperando en el portal de la puerta a que salgamos. En la lectura de hoy nos indica que le podemos descubrir o se nos hace presente de muchas maneras en la naturaleza, en los hombres y en las circunstancias de la vida. El tiempo de Dios ya ha llegado y con Él su Reino. Sólo hace falta que estemos atentos para descubrirle. Yo diría más su presencia es real en nosotros, en nosotros habita por la vida de la gracia, sólo hay que estar atentos a dejarle comunicarse. Qué alegría deberíamos tener en la oración Él presente en el Sagrario y en nosotros. Hoy comentando en una tutoría distintos aspectos de la realidad en China, le he preguntado a un chico chino cómo se vivía la religiosidad en China, y ha comentado que no sabía, que su familia no era religiosa. Me ha causado una gran tristeza. No conocer a Jesucristo, no ser consciente de su amor por nosotros, no tener un sentido transcendente de vida, que queréis que os cuente, y nosotros viviendo en la superficialidad y la queja. Podemos pasar la vida como indica el evangelio, comiendo bebiendo, enfrascados en las faenas mundanas. Sin ser consciente de que Dios llega en todo momento, de que comparte todo con nosotros, de que vive en mí. Qué más podemos desear, qué más podemos pedir, que la ilusión de hoy sea vivir continuamente cerca de Él en su presencia, más aun manifestando y haciendo realidad a través de nuestras vidas de su presencia. Qué salgamos transfigurados de la oración.

Por último si a alguien le ayuda el evangelio nos invita a dar la vida, a servir, a no quedarse con nada. Imaginarnos a Jesús después de una noche oración, después de estar en contacto con el Padre y de ser consciente de su misión, de entregarse y dar la vida por los hombres. ¿Cómo salgo yo después de la oración? ¿Qué me ha pedido el Señor? ¿Qué voy a hacer por Él?

16/11/2017, Jueves de la XXXII semana del Tiempo Ordinario

Lectura del libro de la Sabiduría (7, 22-8, 1)
La sabiduría posee un espíritu inteligente, santo, único, múltiple, sutil, ágil, penetrante, inmaculado, diáfano, invulnerable, amante del bien, agudo, incoercible, benéfico, amigo de los hombres, firme, seguro, sin inquietudes, que todo lo puede, todo lo observa y penetra todos los espíritus, los inteligentes, los puros, los más sutiles. La sabiduría es más móvil que cualquier movimiento, y, en virtud de su pureza lo atraviesa y lo penetra todo. Es efluvio del poder de Dios, emanación pura de la gloria del Omnipotente; por eso, nada manchado la alcanza. Es irradiación de la luz eterna, espejo límpido de la actividad de Dios e imagen de su bondad. Aun siendo una sola, todo lo puede; sin salir de sí misma, todo lo renueva y, entrando en las almas buenas de cada generación, va haciendo amigos de Dios y profetas. Pues Dios solo ama a quien convive con la sabiduría. Ella es más bella que el sol y supera todas las constelaciones. Comparada con la luz del día, sale vencedora, porque la luz deja paso a la noche, mientras que a la sabiduría no la domina el mal. Se despliega con vigor de un confín a otro y todo lo gobierna con acierto.
Salmo responsorial (Sal 118, 89. 90. 91. 130. 135. 175)
R. Tu palabra, Señor, es eterna.
Tu palabra, Señor, es eterna, más estable que el cielo. R.
Tu fidelidad de generación en generación, igual que fundaste la tierra y permanece. R.
Por tu mandamiento subsisten hasta hoy, porque todo está a tu servicio. R.
La explicación de tus palabras ilumina, da inteligencia a los ignorantes. R.
Haz brillar tu rostro sobre tu siervo, enséñame tus decretos. R.
Que mi alma viva para alabarte, que tus mandamientos me auxilien. R.
Lectura del santo evangelio según san Lucas (17, 20-25)

En aquel tiempo, los fariseos preguntaron a Jesús: «¿Cuándo va a llegar el reino de Dios?». Él les contesto: «El reino de Dios no viene aparatosamente, ni dirán: “Está aquí “o “Está allí”, porque, mirad, el reino de Dios está en medio de vosotros». Dijo a sus discípulos: «Vendrán días en que desearéis ver un solo día del Hijo del hombre, y no lo veréis. Entonces se os dirá: “Está aquí “o “Está allí”; no vayáis ni corráis detrás, pues como el fulgor del relámpago brilla de un extremo al otro del cielo, así será el Hijo del hombre en su día. Pero primero es necesario que padezca mucho y sea reprobado por esta generación».

Archivo del blog