Puntos para la oración 19 febrero 2010

Puestos en la presencia de Dios comenzamos nuestra oración diaria. Le pedimos a María un corazón contemplativo que sepa captar todo el mensaje que se encierra en la Palabra de Dios, actual y viva para mí en este día.

Acabamos de comenzar la cuaresma el miércoles pasado. ¡Conviértete y cree en el Evangelio! Un tiempo de conversión y cercanía de la misericordia de Dios. Ayuno, oración y limosna van unidos en la vida del cristiano, pero especialmente en este tiempo litúrgico.

El ayuno nos ayuda para que la oración no se quede en puro deseo, sino que afecte también a la corporalidad, pues somos espíritus encarnados, no angélicos. La limosna nos saca de nosotros mismos para acercarnos a las necesidades del prójimo.

Desde esta composición de lugar podemos adentrarnos en el mundo de nuestra meditación diaria. Ya no existe el peligro de la pura especulación o del espiritualismo alejado de la realidad.

El profeta Isaías nos pone en guardia contra la tentación de ayunar buscando el propio interés, haciendo oír nuestras voces.

El ayuno que Dios quiere es romper las prisiones injustas, dejar libres a los oprimidos, dar pan a hambriento, no cerrarte a tu propia carne.

Es un mensaje que nos zarandea y nos cuestiona en lo más profundo de nuestro ser. Podemos hacernos algunas preguntas en el silencio del trato con Dios para encontrar la respuesta adecuada:

  1. ¿Cuál es el juicio que hago sobre las personas, sus cualidades o defectos, sus actuaciones…?
  2. ¿Comparto mi tiempo y mis posibilidades con los que me necesitan, o más bien me mido y me ahorro en un egoísmo esterilizante?
  3. ¿Ayudo a los demás para romper las ataduras que oprimen o agobian como por ejemplo: el paro, la impureza, el orgullo, la desorganización personal, la falta de ideal, la soledad, la enfermedad…?

Podríamos hacernos muchas más, pero de lo que se trata es de que éstas nos lleguen al fondo del corazón. Si clamamos al Señor, Él nos responderá y nos dirá en todas las situaciones: „Aquí estoy‟.

Esto lo sabemos porque tal como nos dice el Salmo 50, “Un corazón quebrantado y humillado, tú, Dios mío, no lo desprecias”

Sabemos muy bien por experiencia que Dios está siempre al lado del hombre, que no le abandona en sus necesidades, del tipo que sean. Lo nuestro es clamar y pedir con insistencia y, sobre todo, con confianza.

Que nuestro corazón vaya moldeándose con el de Jesús. Esta es la mejor conversión y también la mejor y más eficaz forma de ayudar a nuestros hermanos.

Acabamos poniendo en manos de María los anhelos de santidad que siempre se encienden en una oración bien hecha. Que Ella nos acompañe en este camino que no es fácil, pero para el que contamos con la gracia de Dios en abundancia.

Corazón de Jesús: ¡Haz nuestro corazón semejante el Tuyo!

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