23 noviembre 2012. Viernes de la XXXIII semana de Tiempo Ordinario – Puntos de oración

* PRIMERA LECTURA: Hoy leemos un gesto simbólico: el vidente tiene que comer el rollo, el libro, antes de transmitir su contenido. Es un gesto muy expresivo, que ya encontramos en Ezequiel

3,1. El profeta, el que habla de parte de Dios, primero tiene que comer él lo que anunciará después.

El libro que come -la Palabra de Dios- es en parte dulce y en parte amargo: "en la boca sabia dulce como la miel, pero cuando me lo tragué, sentí ardor en el estómago".

Los cristianos, y sobre todo los que de alguna manera transmitimos a otros la Palabra de Dios - sacerdotes, educadores, catequistas, padres, misioneros, laicos...- debemos primero asimilarla nosotros. Comerla -interiorizarla, personalizarla- y luego comunicarla. Entonces será más creíble nuestro testimonio y nuestra palabra. Para que no caigamos en el reproche de Jesús a los fariseos, "que decían pero no hacían".

También nosotros experimentamos que la Palabra de Dios puede ser, en ocasiones, agridulce. Muchas veces es consoladora. Otras veces, exigente. Pero es la Palabra que nos alimenta y nos hace bien siempre.

* SALMO: En el salmo 118, el creyente que medita desde la sabiduría de Dios se alegraba de encontrar en la Palabra su mejor alimento y gozo: "tus preceptos son mi delicia, qué dulce al paladar tu promesa, más que miel en la boca". Aunque los que escuchamos con frecuencia la Palabra de Dios sabemos que a veces nos produce un gusto suave, pero otras nos provoca y nos amonesta y corrige, para que tomemos en serio la vida. En todos los casos debemos acogerla con sencillez y así estaremos preparados para poder hablar a los demás.

* EVANGELIO: Si le abrimos el corazón a Dios, para que Él habite en nosotros como en un templo, Él, como un buen huésped, se encargará de purificar nuestra vida de todo pecado. La salvación no procede de la buena voluntad del hombre, por muy firme que ésta sea. Sólo Dios salva. A nosotros sólo corresponde abrir la puerta para que Él entre, de tal forma que no pase de largo junto a nosotros y se aleje. Él nos dice: Yo estoy a la puerta y llamo; si alguien me abre, yo entraré y cenaré con Él. Así Él se quedará con nosotros. No tenemos otro camino que nos conduzca al Padre. Jesús, si habita en nosotros, todos los días nos enseñará el Camino que hemos de seguir; ojalá y lo escuchemos y nos dejemos conducir por Él, fortalecidos por la presencia de su Espíritu Santo en nosotros.

Dedicados al Señor; hechos hijos de Dios; convertidos en testigos de su amor en el mundo. Esta vocación que tiene la Iglesia de Cristo -y nosotros somos Iglesia- no puede llegar a su feliz cumplimiento sólo realizando algunas acciones de culto y pasando de largo ante el pecado, ante la miseria, ante la pobreza que hay en el mundo. La Iglesia es una comunidad misionera, a imagen de su Fundador, Cristo Jesús, Enviado del Padre para ir al encuentro de las ovejas descarriadas, que se perdieron y alejaron de la casa paterna en un día de tinieblas y oscuridades.

La intervención de Jesús en el Templo es una llamada de atención a recolocar nuestra actitud religiosa en un plano de autenticidad y sinceridad. El espacio y el tiempo sagrado deben adquirir su verdadero sentido como forma de encuentro con Dios. Ellos tienen que asumir siempre la forma de la intercesión y de la búsqueda del perdón de Dios a un corazón arrepentido.

ORACIÓN FINAL:

Dios, creador y restaurador del hombre, que has querido que tu Hijo, Palabra eterna, se encarnase en el seno de María, siempre Virgen, escucha nuestras súplicas, y que Cristo, tu Unigénito, hecho hombre por nosotros, se digne hacernos partícipes de su condición divina. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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