7 noviembre 2012. Miércoles de la XXXI semana de Tiempo Ordinario – Puntos de oración

Antes de empezar, recordemos que justamente dentro de un mes será la Vigilia de la Inmaculada y al día siguiente: la Inmaculada, cuando muchos cristianos realizarán sus compromisos al Padre por medio de María.

Luego le pedimos: “que no sea sordo a Tu llamamiento”.

Empecemos por algunas precisiones bíblicas.

Hace poco se han encontrado unos papiros del final del siglo primero según los cuales el texto originario era: “Si algún sacerdote o monja viene detrás de mí…” y todo lo demás igual.

Hay otra variante que dice: “Si alguno viene detrás de mí y me ama más que a su padre… entonces tiene vocación [religiosa]”

Después de estas precisiones está claro que esto se lo dice a todos, también a ti, que estás casada y a ti que eres militante con vocación matrimonial y a ti, que casi nunca haces oración para ponerte en contacto con Dios. Es para todos. No se lo dice a los discípulos sino a un gran gentío. A todos.

Ahora podemos empezar la meditación propiamente dicha. Te imaginas a Jesús por una calle céntrica de tu ciudad. Detrás de él un buen grupo en el que estás tú en primera fila. ¡Quieres seguirle! y por eso estás en primera fila. De pronto se para y se vuelve. Se va haciendo un círculo a su alrededor. Los últimos van empujando a los primeros y todo se compacta de gente. Tú sigues en primera fila y Jesús empieza a decir todo lo del evangelio y va mirando a la gente. En la tercera o cuarta palabra, ya está frente a ti y te mira a los ojos como diciéndote. Esta es la condición, porque si vienes detrás sin cumplirla te puede pasar como al que empieza a edificar una torre y no tiene fuerzas suficientes para mantenerse casto en su matrimonio. Perdón: para terminarla. Puedes ir recordando diversas situaciones de la vida pensando que si no amas a Jesús a fondo, seguramente no las superas.

No solamente es el tema de la afectividad descolocada, hay más cosas que te debilitan para la construcción de la torre como la preocupación por el dinero, el trabajar mucho y estar poco con la familia y con Dios, etc.

Ahora te encuentras sin fuerzas y ¿qué harás?, ¿irte corriendo? No todo lo contrario, ponerte a sus pies y decirle que no eres capaz que no tienes fuerzas. Como el padre el epiléptico: creo, pero ayuda a mi incredulidad. Ya que no eres suficientemente valiente, crece en humildad y te arrodillas.

Yo te sugiero que desde el principio, sin pensar en muchas cosas, te eches a sus pies, (y si tienes suficiente confianza, a sus brazos) y ahí le dices cosas de amor. Desde luego empieza por que eres incapaz pero le pides no sólo la capacidad de hacerlo, sino que llegues a la comunión con Él, a la intimidad, que para eso le comes en la Eucaristía. Te sientes como cuando un gran Capitán invita a la población a que los más valientes le acompañen a matar un dragón que tiene asolado a todo el pueblo y un niño levanta la mano y dice: yo voy contigo.

Puedes mirar como lo vivió la Virgen o como lo vivió Jesús respecto al Padre.

Por último hay otra frase a considerar: El que no carga con su cruz y me sigue… Abe tiene una reflexión sobre este texto en el Agua Viva y entre otras cosas se pregunta ¿y el que no quiera cargar con su cruz, qué le pasa? ¿No lleva cruz y va por la vida con las manos en los bolsillos?

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