13 DE MAYO. Virgen de Fátima.

13 mayo 1917. Tierras de Portugal. Leiría, Aljustrel, Boleiros, Valinhos, El Cabezo, Fátima. Juegan Lucía, Jacinta y Francisco en lo alto de una colina. A sus pies, en el declive, la Cova de Iría. Acercan piedras para rodear un matorral. Centellea un relámpago...

Sorprendidos los tres pastorcitos, Lucía, la mayor, insinúa temerosa: "Es mejor irnos a casa. Está relampagueando, y puede venir una tronada". Asustados, descienden corriendo. Conducen sus ovejas hacia la carretera. Llegan a media ladera. Alcanzan una corpulenta encina.

"Yo soy del cielo..."

Nuevo relámpago. "No era propiamente relámpago, sino más bien el reflejo de una luz que se aproximaba... Encima de una carrasca. Ven una Señora vestida toda de blanco, más brillante que el sol y esparciendo luz más clara e intensa que un vaso de cristal lleno de agua transparente". Atónitos, desconcertados todavía, se detienen...

"Estábamos tan cerca que quedábamos dentro de la luz que Ella esparcía... Como a metro y medio de distancia". La Virgen les habla: "No tengáis miedo. Yo no os hago daño". Lucía le pregunta: "¿De dónde es Usted?" Y la Virgen, sonrisa de Dios, irradiando serenidad, responde: "Yo soy del cielo"...

Palabras que seducen...

El diálogo continúa. Lucía añade: "¿Y qué es lo que Usted quiere de mí?". María replica suplicante: "Vengo a pediros que volváis aquí durante seis meses seguidos el día trece, y a esta misma hora. Después os diré quien soy y lo que quiero. Y todavía volveré una séptima vez". (Lucía, IV Mem.).

Advertencia amorosa, invitación apremiante, confianza alentadora. Este es el mensaje de la Virgen apareciéndose en Fátima. Belleza que cautiva, palabras que seducen, pureza y sencillez que enamoran.

Advertencia amorosa

Una advertencia insistente cargada de angustia maternal. "Dios va a castigar el mundo por sus crímenes y pecados por medio de la guerra, el hambre y la persecución a la Iglesia y al Santo Padre... Si se atienden mis deseos, Rusia se convertirá y habrá paz. Si no, ella esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones contra la Iglesia. Los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá mucho que sufrir, varias naciones serán aniquiladas" (Apar. 13–7–1917).

O reformarse o sucumbir. Es el dilema. O renovar en Dios nuestra mentalidad y vida cumpliendo la divisa paulina (Rom 12,2), o naufragar en tiempo y eternidad.

Seria advertencia para el mundo, y en particular para España. Ordena que "sus obispos se reúnan en retiro y determinen una reforma en el pueblo, en el clero y en las Órdenes religiosas" (Lucía, c. 4–5–1943).

Invitación apremiante

Las almas se condenan. En Fátima como en Lourdes, la Virgen contempla desgarrada el lúgubre espectáculo... Hijos suyos se precipitan en el infierno. Hay que salvarlos. Nos habla al dirigirse a los pastorcitos. "Rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, pues muchas almas van al infierno porque no tienen a nadie que se sacrifique y rece por ellos" (Apar. 4–8–1917).

"La salvación de muchos depende de la oración y penitencia voluntaria de los miembros de la Iglesia", escribirá años adelante Pío XII. "Es verdaderamente un misterio terrible sobre el cual jamás puede meditarse lo suficiente" (Myst. Corp., 29–6–1943).

La invitación que nos hace la Virgen es apremiante. Esperanzada y suplicante, se dirige con emoción a los tres niños desde la primera aparición: "¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que os quiera enviar en reparación por los pecados con que es ofendido y en súplica por la conversión de los pecadores?" (13–5–1917).

El 13 de julio, tercera aparición, la consigna se hace imperiosa. "Sacrificaos por los pecadores. Decid muchas veces, sobre todo cuando hagáis algún sacrificio. ¡Jesús!, es por Tu amor, por la conversión de los pecadores, y en reparación por los pecados que se cometen contra el Inmaculado Corazón de María".

Confianza alentadora

Fátima es mensaje de esperanza. Tendréis que "sufrir mucho" si hacéis de vuestra vida ofrenda permanente por la salvación de las almas, "pero no temáis. La gracia de Dios será vuestra fortaleza" (13–5–1917). Como a Lucía, nos repite: "Nunca te dejaré. Mi Corazón será tu refugio y camino que te conducirá hasta Dios" (13–6–1917).

Honda crisis en la Iglesia. Vastos sectores se dejan contagiar. Todo se vuelve naturalismo, antropología, esclavitud al dato sociológico. Un mundo narcisista obstinado en autodestruirse. Un hombre que se imagina el ser supremo. Una Europa cristiana que se desintegra. Al mismo tiempo, la amenaza del comunismo ateo extendiéndose por todas partes. Miles de hombres y mujeres encandilados con sus sofismas o esclavizados a su tiranía. En España, degradación progresiva de costumbres, la familia se erosiona, deterioro de la fe en un pueblo que va dejando de creer en Dios y en Sus Mandamientos.

Fátima, aurora de esperanza en este caos. La Virgen Blanca vencerá. "Rusia se convertirá" después de "esparcir sus errores por el mundo promoviendo guerras y persecuciones contra la Iglesia". Un grito jubiloso de victoria: "Por fin, mi Corazón Inmaculado triunfará" (13–7–1917).

Triunfará María sirviéndose en Fátima, ahora y siempre, de almas insignificantes. A una de ellas Jesús le acaba de revelar: "Mi Madre vencerá a Satanás. Es la Medianera. Es Mi Madre y la vuestra. Es el Pilar de Mi Iglesia. Las pequeñas almas conducidas por mi Santa Madre, tienen poder para cambiar el curso de las cosas".

"Vivir en fe oscura y verdadera..."

Advertencia, invitación, es el mensaje de Fátima como el de Lourdes. Eco eterno y siempre actual del Evangelio.

Es impulso irresistible a pasar por la tierra mirando al cielo, "a vivir acá como peregrinos, pobres, desterrados, huérfanos, secos, sin camino y sin nada, esperando allá todo". A vivir "en fe oscura y verdadera, y esperanza cierta, y caridad entera" (Juan de la Cruz, c. a J. Pedraza, 12–10–1589). Es vivir en serenidad imperturbable, pues "si creemos que Jesús subió a lo Alto, no perdamos la paz en la tierra, non ergo turbemur in terra" (S. Agustín).

Sorprendente identidad

El mensaje de Fátima es el eterno del Evangelio. Si la aparición de la Virgen es advertencia, invitación, confianza, eso mismo es el Evangelio... No podía ser de otra manera. Si María nos trajo entonces el Evangelio al ser Madre de Jesús, ahora nos lo actualiza. Sin adición ni resta.

El Evangelio de Jesús es advertencia. Nos anuncia que estamos de paso, que tenemos un alma que salvar. "¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si se pierde su alma?" (Lc 9,25). Nos previene de un peligro siempre amenazante. Dejarnos absorber por lo temporal y caduco. "Marta, Marta, te afanas y agitas, y te dejas
empujar por muchas cosas. Una sola es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será arrebatada" (Lc 10,41–42).

El Evangelio es también invitación a la conversión. "Si no hacéis penitencia, todos pereceréis" (Lc 13,15). Invitación también al seguimiento de Jesús. "Venid en pos de Mí" (Mt 4,19). "Si alguno quiere venir en pos de Mí, tome su cruz cada día, niéguese a sí mismo y sígame" (Mt 16,24; Mc 8,34; Lc 9,23).

Advertencia, invitación, pero también confianza. "Tened ánimo, soy Yo, no temáis" (Mt 14,27). "Tened confianza. Yo he vencido al mundo" (Jn 16,33). "Venid a Mí todos los cansados y agobiados, y Yo os aliviaré. Aprended de Mí que soy paciente y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas" (Mt 11,28–29).

Exquisita fidelidad

Emociona la delicadeza de aquellos pastorcitos. Cumplen con exquisita fidelidad el encargo de la Virgen. Multiplican sacrificios ofrecidos por la conversión de los pecadores y para reparar las ofensas contra el Corazón Inmaculado de María. Los tres se hacen oración permanente. Repiten incansables la súplica que María les enseñó.

Los tres se ofrendan incondicionales, pero cada uno matiza sus sacrificios. Les imprimen un sello peculiar. Francisco los hace porque quiere "consolar a Dios". Pocos días después de la primera aparición, conduce sus ovejas al pasto. Se encarama en una piedra y dice a las dos: "Vosotras no vengáis aquí, dejadme solo". Ellas se alejan corriendo tras las mariposas. Horas después le ofrecen comida. "No —dice—, comed vosotras". Más tarde se acercan de nuevo invitándole a rezar el rosario. "¿Qué estás haciendo ahí tanto tiempo?", pregunta Lucía. Le responde: "Estoy pensando en Dios. ¡Está tan triste por tantos pecados! ¡Si yo pudiera darle alegría!"

Francisco "era de pocas palabras, y para hacer oración y ofrecer sus sacrificios le gustaba esconderse hasta de Jacinta y de mí. Muchas veces le sorprendíamos tras una pared o detrás de unas matas donde se escapaba con disimulo. Allí rezaba, o como decía él 'pensaba en Nuestro Señor, triste por tantos pecados'".

Al ir a la escuela solía decir a Lucía. "Mira, vete tú, y yo me quedo aquí en la iglesia con Jesús escondido. No vale la pena ir a la escuela, porque de aquí a poco me voy al cielo... Al salir me llamas..." Ya enfermo, al pasar Lucía por su casa camino de la escuela, acostumbraba a decirle: "Vete a la iglesia y da muchos recuerdos míos a Jesús escondido. Lo que más pena me da es no poder estar ya unos buenos ratos con Él" (Lucía, IV Mem. ).

Jacinta, en cambio, vivía obsesionada por la conversión de los pecadores. Ofrecía, antes y durante su enfermedad, costosos sacrificios para librarlos del infierno. Le repugna la leche. Su madre se la lleva al lecho. Un día caluroso le ofrece también un racimo de uvas frescas. Se acuerda de la Virgen, lo rechaza y toma la leche. Al quedarse a solas con Lucía, le comenta: "Lo ofrecí diciendo a Jesús. Es por Tu amor y por la conversión de los pecadores".

Su madre se acerca a los tres mientras jugaban. Les ofrece unos higos tentadores. Jacinta se sienta al lado de la cesta con los dos. Coge el primero. De repente se acuerda, y dice: "Todavía hoy no hemos hecho ningún sacrificio por los pecadores. Tenemos que hacer éste". Suelta el higo, y mientras cae en la cesta, repite el ofrecimiento: "Jesús, es por Tu amor..." "Allí los dejamos todos —concluye Lucía—, para convertir a los pecadores".

Jacinta enferma. Está aún en Fátima. Lucía a su lado. "¿Estás mejor?", pregunta. "Ya sabes que no mejoro. ¡Tengo tantos dolores en el pecho! Pero no digo nada. Sufro por la conversión de los pecadores".

Primeros días de julio de 1919. Hospital de Lisboa. Lucía le dice si sufre mucho. "Sí, sufro —responde—, pero lo ofrezco todo por los pecadores y para reparar al Inmaculado Corazón de María. ¡Me gusta tanto sufrir por Nuestro Señor y Nuestra Señora para darles gusto! Ellos quieren mucho a quien sufre para convertir pecadores" (Mem. I).

Sencilla lección

Sorprende la sencilla y elocuente lección que nos dan con su vida ofrecida los tres pastorcitos. Generosidad y constancia impropias de niños. Señalan ruta a todas las edades. Tan conscientes y responsables, tan maduros en la fe. Precursores de un Concilio que "predica la reforma de la Iglesia que consiste en cambiar los propios pensamientos y gustos según la voluntad de Dios" (Pablo VI, 7–8–68).

Francisco, Jacinta, Lucía, creyentes auténticamente maduros. En sus tiernos años alcanzan la edad adulta en la fe. Madurez que consiste precisamente en conseguir el espíritu de infancia liberándose del fárrago científico, de una falsa mayoría de edad. Escalan esta cumbre mirando a la Virgen. Ella, sencillez sublime, les recuerda con amor inefable la divisa de Jesús: "Si no os hacéis como niños..."

"Cumplir los propios deberes..."

Cristo–Iglesia es el mensaje de Fátima y Lourdes. Es el Evangelio iluminando el corazón y encarnándose en la vida de cada bautizado.

Una vida que se hace oración permanente, eso es el cristiano. Ofrenda total por la conversión de los pecadores, por la salvación de las almas. No se contenta con horas o días sueltos. Hace oración toda su vida con la súplica de Fátima siempre en el corazón. Su sed de almas no se sacia con actuaciones aisladas. Le exige el apostolado de todos los minutos viviendo con María "escondido en Cristo Jesús" (Col 3,3), bajo la mirada del Padre...

Una vida que arde como llama hasta extinguirse silenciosa. Repite sin cesar: "Cristo ha padecido por mí para que siga sus huellas" (1 Pe 2,21)... Si Él entrega su vida por mí, yo debo entregarla por mis hermanos (1 Jn 3,16). Una vida consciente y responsable. Se inmola con permanente y martirial fidelidad, hasta verter la propia sangre con generosa plenitud de fuente.

Una vida convencida de que "España, y el mundo se salvarán por la oración" (Corazón de Jesús a M. Maravillas, Escorial, 1923). Pero por la oración permanente hecha vida, que "haga comprender a las almas que la verdadera penitencia que Él ahora quiere y exige, consiste, sobre todo, en el esfuerzo que cada uno tiene que imponerse para cumplir con los propios deberes religiosos y de orden temporal" (Lucía, c. 4–5–1943).

"Pasan... mundos enteros...
y quedan en pie..."

Una vida que confía mirando a María. Ella puede "congregar en la unidad los hijos de Dios que están dispersos" (Jn 11,52). En el corazón de todos, por muy alejados que nos parezcan, encuentra siempre eco la voz de Dios. Aún en el ateo existencialista o marxista.

En un arranque de sinceridad, todos nos harían la confidencia de uno. "He llegado hasta el ateísmo intelectual. Imaginaba un mundo sin Dios, pero ahora veo que siempre conservé una oculta fe en la Virgen María... En momentos de apuro, se me escapa maquinalmente esta exclamación: 'María, Madre de misericordia, favoréceme'... María es, de todos los misterios, el más dulce. La mujer es la base de la tradición en las sociedades, es la calma en la agitación, el reposo en las luchas. La Virgen es la sencillez, la ternura. Sedes sapientiae. Así, sapientiae, y no scientiae. Asiento de la Sabiduría...

Pasan imperios, teorías, doctrinas, glorias, mundos enteros, y quedan en pie la eterna calma, la eterna virginidad y la eterna maternidad. El misterio de la pureza y el misterio de la virginidad" (Unamuno, Diario íntimo).

Tomás Morales, S.J. Semblanzas.

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