25 octubre 2010, martes de la XXX semana de tiempo ordinario –Puntos de oración

1ª Lectura:

Extraemos unas ideas del Papa Juan Pablo II, en su Audiencia General del 11 de agosto de 1982, sobre la Teología del cuerpo, y en concreto acerca de la relación de los cónyuges a imagen de la relación de Cristo con la Iglesia:

“El autor, dirigiéndose a los cónyuges, les recomienda que estén «sujetos los unos a los otros en el temor de Cristo» (5, 21).Se trata aquí de una relación de doble dimensión o de doble grado: recíproco y comunitario. El uno precisa y caracteriza al otro. Las relaciones recíprocas del marido y de la mujer deben brotar de su común relación con Cristo. El autor de la Carta habla del «temor de Cristo» en un sentido análogo a cuando habla del «temor de Dios». En este caso, no se trata de temor o miedo, que es una actitud defensiva ante la amenaza de un mal, sino que se trata sobre todo de respeto por la santidad, por lo sacrum: se trata de la pietas que en el lenguaje del Antiguo Testamento fue expresada también con el término «temor de Dios» (cf. por ejemplo, Sal 103, 11; Prov 1, 7; 23, 17; Sir 1, 11-16). Efectivamente, esta pietas, nacida de la profunda conciencia del misterio de Cristo debe constituir la base de las relaciones recíprocas entre los cónyuges. (…)

El autor de la Carta desea indicar a los cónyuges cómo deben ser sus relaciones recíprocas y todo su comportamiento. Deduce las propias indicaciones y directrices del misterio de Cristo presentado al comienzo de la Carta. Este misterio debe estar espiritualmente presente en las recíprocas relaciones de los cónyuges. Penetrando sus corazones, engendrando en ellos ese santo «temor de Cristo» (es decir, precisamente la pietas) el misterio de Cristo debe llevarlos a estar «sujetos los unos a los otros»: el misterio de la elección, desde la eternidad, de cada uno de ellos en Cristo «para ser hijos adoptivos» de Dios. (...) Ciertamente es diversa nuestra sensibilidad contemporánea, diversas son también las mentalidades y las costumbres, y es diferente la situación social de la mujer con relación al hombre. No obstante, el fundamental principio parenético (de instrucción moral) que encontramos en la Carta a los Efesios, sigue siendo el mismo y ofrece los mismos frutos. La sumisión recíproca «en el temor de Cristo» -sumisión que nace del fundamento de las pietas cristiana- forma siempre esa profunda y sólida estructura que integra la comunidad de los cónyuges, en la que se realiza la verdadera «comunión» de las personas.(...)

Finalmente: «Vosotros, los maridos, amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella...»: he aquí el último miembro de la analogía. La continuación del texto de la Carta desarrolla el pensamiento fundamental, contenido en el pasaje que acabamos de citar; y todo el texto de la Carta a los Efesios en el capítulo 5 (vv. 21-33) está totalmente penetrado por la misma analogía; esto es, la relación recíproca entre los cónyuges, marido y mujer, los cristianos la entienden a imagen de la relación entre Cristo y la Iglesia”.

Evangelio:

El Reino de Dios es semejante a una semilla de mostaza (semilla muy común en Palestina, de modo particular junto al lago de Galilea y de singular pequeñez). Jesús usa esta imagen para expresar su esperanza de que sus discípulos tengan un mínimo de fe: “Si tuviereis fe como un grano de mostaza…”. El Reino de Dios es semejante a la levadura; es suficiente meter una pequeña cantidad de levadura en tres medidas de harina para conseguir una gran cantidad de masa.

El Reino de Dios, comparado por Jesús a una semilla que se convierte en árbol, nos acerca a la historia de Dios como la historia de su Palabra: está escondida en la historia humana y va creciendo;

Lucas piensa en la Palabra de Jesús (“el reino de Dios está en medio de vosotros”) que ya está creciendo pero que todavía no se ha convertido en árbol.

La imagen de la levadura completa el cuadro de la semilla. El Reino es una realidad humilde, escondida, pobre y silenciosa, mezclado con las luchas y gozos de la vida.

Oración final:

Dios todopoderoso, que por la maternidad virginal de María entregaste a los hombres los bienes de la salvación, concédenos experimentar la intercesión materna de la que nos ha dado a tu Hijo Jesucristo, el autor de la vida. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

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