2 abril 2014. Miércoles de la cuarta semana de Cuaresma – Puntos de oración

Son nueve, las veces en que aparece la palabra "Padre" en los labios de Jesús, en el evangelio de este día... Bien podríamos dedicar nuestra oración de hoy, a pensar un poquito en la paternidad de Dios sobre nosotros.

¿Qué lugar ocupa el Padre en nuestra vida cristiana? ¿Cómo nos relacionamos con Dios nuestro Padre? ¿Lo referimos todo al Padre, como Jesús nos enseñó con su palabra y con su vida..?

Creo que para muchos de nosotros la figura del Padre de los Cielos está un poco difuminada y poco concretizada... ¿Cómo lograríamos cambiar esto, si así fuera..?

Te animo a ponderar las palabras del Papa Benedicto XVI en su Audiencia General del 23 de Mayo del 2012. Te entresaco lo que más me ha llamado la atención y te lo brindo para tu oración personal en este día:

"El cristianismo no es una religión del miedo, sino de la confianza y del amor al Padre que nos ama.

Tal vez el hombre moderno no percibe la belleza, la grandeza y el profundo consuelo contenidos en la palabra "padre" con la que podemos dirigirnos a Dios en la oración, porque la figura paterna a menudo hoy no está suficientemente presente, y a menudo no es suficientemente positiva en la vida diaria. La ausencia del padre, el problema de un padre no presente en la vida del niño es un gran problema de nuestro tiempo, por lo que se hace difícil entender en profundidad qué significa que Dios sea Padre para nosotros.

De Jesús mismo, por su relación filial con Dios, podemos aprender lo que significa exactamente "padre", cual es la verdadera naturaleza del Padre que está en los cielos. Los críticos de la religión han dicho que hablar de Dios como "Padre" sería una proyección de nuestros padres hasta el cielo. Pero la verdad es lo contrario: en el evangelio, Cristo nos muestra quién es el padre y cómo es un verdadero padre, por lo que podemos intuir la verdadera paternidad, aprender también de la verdadera paternidad. Pensemos en la palabra de Jesús en el Sermón de la Montaña, donde dice: "Amen a sus enemigos y oren por los que los persigan, para que sean hijos de su Padre que está en los cielos" (Mt. 5,44-45).

Es justamente el amor de Jesús, el Hijo unigénito --que llega al don de sí mismo en la cruz--, el que nos revela la verdadera naturaleza del Padre: Él es Amor, y también nosotros, en nuestra oración de hijos, entramos en este circuito de amor, amor de Dios que purifica nuestros deseos, nuestras actitudes marcadas por el encierro, de la autosuficiencia, del egoísmo típico del hombre viejo.

En primer lugar, Dios es nuestro Padre, porque Él es nuestro Creador. Cada uno de nosotros, cada hombre y mujer es un milagro de Dios, es querido por Él, y es conocido personalmente por Él.

El Espíritu de Cristo nos abre a una segunda dimensión de la paternidad de Dios, más allá de la creación, porque Jesús es el "Hijo" en el sentido pleno, "de la misma sustancia del Padre", como profesamos en el Credo.

Nosotros no podemos orar si no estuviera inscrito en la profundidad de nuestro corazón el deseo de Dios, el ser hijos de Dios. Desde que existe, el homo sapiens siempre está en busca de Dios, trata de hablar con Dios, porque Dios se ha inscrito a sí mismo en nuestros corazones. Así que la primera iniciativa viene de Dios, y con el bautismo, de nuevo Dios obra en nosotros, el Espíritu Santo actúa en nosotros; es el iniciador de la oración para que podemos hablar después con Dios y decir "Abba!" a Dios. Entonces su presencia da inicio a nuestra oración y a nuestra vida, abre los horizontes de la Trinidad y de la Iglesia.

También comprendemos, este es el segundo punto, que la oración del Espíritu de Cristo en nosotros y la nuestra en Él, no es sólo un acto individual, sino un acto de toda la Iglesia. En el orar se abre nuestro corazón, entramos en comunión no sólo con Dios, sino también con todos los hijos de Dios, porque somos una sola cosa. Cuando nos dirigimos al Padre en nuestra habitación interior, en el silencio y en el recogimiento, nunca estamos solos.

Una nota final: nosotros aprendemos a clamar "¡Abba!, ¡Padre!" con María, la Madre del Hijo de Dios. El cumplimiento de la plenitud del tiempo, del cual habla san Pablo en la Carta a los Gálatas (cf. 4,4), se produce en el momento del "sí" de María, de su adhesión a la voluntad Dios: "He aquí la esclava del Señor" (Lc. 1,38).

Queridos hermanos y hermanas, aprendamos a disfrutar en nuestra oración de la belleza de ser amigos, también hijos de Dios, de poderlo invocar con la confianza que tiene un niño con los padres que lo aman. Abramos nuestra oración a la acción del Espíritu Santo para que grite en nosotros a Dios "¡Abba!¡ Padre!", y para que nuestra oración cambie, convierta constantemente nuestro pensamiento, nuestra acción, para que se vuelva conforme a la del Hijo Unigénito, Jesucristo. Gracias."

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