14 junio 2014. Sábado de la décima semana de Tiempo Ordinario – Puntos de oración

Ofrecemos nuestras vidas al Corazón de Cristo, por medio del Corazón Inmaculado de Santa María, nuestra Reina y Madre, todos nuestros trabajos, alegrías y sufrimientos. Y lo hacemos uniéndonos por todas las intenciones por las que se inmola continuamente sobre los altares.
Después de ofrecer nuestras vidas al Señor, para comenzar nuestra oración podemos leer o recordar el salmo del día de hoy. Lo primero para pedirle la protección, con la confianza de saber que nuestras vidas están en sus manos. Bendecir también al Señor, alabarle siempre, cuando es de día o cuando es de noche. Un corazón religioso siempre, en toda su vida y en sus acontecimientos, sabe que todo le viene de Dios y, por eso, le bendice. Y tercero, la alegría que brota de un corazón que, con confianza y con fe, reconoce que Dios es nuestro Padre. La respuesta a la pregunta que todo hombre se plantea de hacia dónde vamos, cuál es nuestro fin, queda resuelta al final de este salmo: no nos entregarás a la muerte. No conoceremos la corrupción. Dios nos ha creado para una vida gozosa.
La lectura del día de hoy del Evangelio es sencilla y moralizante. Aquí Cristo no responde a una pregunta si no que les da una instrucción: “no juréis en absoluto”. Es llamativo este mandamiento del Señor y, a la vez, indicativo de la gravedad del asunto. Cuando uno jura quiere afianzarse en sus afirmaciones o hechos, se hace infalible a costa de interponer a sus intereses bienes que no le corresponden. El juramento es la arrogancia del que se apropia de bienes de la tierra o del cielo, incluso del mismo Dios, para hacerse valer en sus actos o intenciones. Aquí está la falta, en el querer justificar nuestras acciones con lo que no nos corresponde. La falta de sencillez. Hay que tener el conocimiento de que todo viene de Dios y que las cosas no se pueden cambiar a consta de nuestro encabezonamiento u obstinación. Como dice Jesús, no podemos ni volver blanco o negro un solo pelo. Ser sinceros, “sí o no”
Podemos cerrar nuestra oración con la petición de un corazón sincero, sin dobleces, sin apoyarnos en juramentos sobre terceras cosas que no nos corresponden. La sinceridad hace a las personas auténticas y de confianza, les da pureza en el corazón pues las hace humildes al reconocer sus limitaciones.

Nos acordamos de María que dijo un simple sí. No le hizo falta apoyarse en más cosas para responder al Señor y darle su sí. Le pedimos que nos alcance la gracia de la sinceridad del corazón para ser capaces de decir sí a la gracia y no al pecado.

Archivo del blog