Puntos para la oración 28 febrero 2010

El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús llevándose a Pedro, Santiago y Juan para vivir una experiencia increíble: La experiencia de Dios. Jesús saca a los Apóstoles del grupo, de sus preocupaciones y expectativas. Ellos confían en el Maestro y lo siguen, dejando atrás a sus compañeros porque están con Jesús. Me imagino que en su interior sentirían perplejidad. Cuando están en la cima de la montaña, ven cómo Jesús, al estar en oración, todo su aspecto se vuelve luminoso y presencian su diálogo con Moisés y Elías. Los Apóstoles dejando atrás su mundo se encuentran con el mundo de Dios. Esto me hace meditar que un momento importante de la oración no es pensar o decir algo, sino dejarse invadir de Dios y que, olvidando los pensamientos o preocupaciones propias, se escuche a Dios y se caiga en la cuenta de los asuntos de Dios.

Pedro, como cualquiera de nosotros, no se pudo dominar y expresando lo bien que estaba, pide quedarse en ese estado celestial haciendo tres tiendas para Jesús, Moisés y Elías. Dios parece que tampoco se quedó corto ante la generosidad de Pedro, y les regaló a los tres la experiencia de su presencia viva: la nube que los envolvió y en la que Dios les reveló a Jesucristo, el Mesías prometido. Cuando acabó esta manifestación extraordinaria de Dios, los Apóstoles, junto con Jesús, emprendieron el rumbo a Jerusalén.

Esta experiencia de Dios de los Apóstoles, nos enseña que la vida ordinaria y el tener que convivir en un mundo donde el bien y mal están entremezclados son el caminos que pueden conducirnos a la verdadera comunión con Dios, porque los cristianos lo transitamos teniendo un modelo que es Cristo y una meta que es su reino, como dice San Pablo: “Nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo”.

Como antaño Israel se comprometió a cumplir la Alianza con Dios observando los Diez Mandamientos, así nosotros, con la gracia del Bautismo y los demás Sacramentos nos comprometemos a vivir nuestra vida siguiendo el camino de Cristo, caminando como hijos de Dios y amigos de su Cruz, bien lejos del camino los que con las acciones de sus vidas se convierten en enemigos de la cruz de Cristo y cuyo “paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas. Sólo aspiran a cosas terrenas”.

En muchos lugares de la Escritura se señala que la vida del creyente es difícil y, a veces, contradictoria, esta realidad que no ha sido querida por Dios, sino que es la consecuencia del pecado, el cristiano la supera iluminado por la virtud de la fe, esperanza y caridad que el mismo Dios se encarga de infundírsela si colabora con Él. En este sentido la antífona del Salmo responsorial se convierte en una invocación que tendría que recitarse y musitarse casi siempre: El Señor es mi luz y mi salvación (Salmo 26).

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