26 junio 2013. Miércoles de la XII semana de Tiempo Ordinario – Puntos de oración

Mt 7, 15 – 20

Al iniciar la oración es conveniente comenzar con una cierta preparación externa que nos llevará a la actitud interna del conocimiento del Señor, siendo consciente de qué es lo que voy hacer y ante quién lo voy a hacer poniendo en práctica las 5 adiciones ignacianas.

            En la Iglesia de hoy la palabra profeta parece haber desaparecido. Pero la función profética no debe desaparecer: sería como si la Iglesia negase su propia función, hablar en lugar de Dios. Este es el deber de todos los que componemos la Iglesia, desde el papa hasta el último bautizado. Es un deber que nos exige mucha responsabilidad, para no anunciar nuestras propias fantasías como voluntad de Dios. San Máximo Confesor pedía: “Señor, que no falsifique tus palabras para no merecer tu castigo”. El profeta Jeremías acusaba a los falsos profetas de anunciar sólo lo que la gente quería oír, ignorando el peligro de este comportamiento.

            En el evangelio de hoy Jesús nos pone sobre aviso sobre los falsos profetas y nos da la clave para descubrirlos. “Por sus frutos los conoceréis”. Hemos de ir a la raíz y al fruto del árbol para no andarnos por las ramas, hemos de bajar al fondo de nuestro corazón para descubrir la fecundidad o la esterilidad. Porque no es oro todo lo que brilla. La mejor ilustración de estas palabras es la experiencia de san Ignacio de Loyola, que encontraba fuerza y paz en los pensamientos que lo empujaban a servir a Dios, mientras que las fantasías mundanas le inquietaban el corazón y le quitaban las fuerzas para darse a Dios y a los demás.

            El auténtico discípulo de Jesús no dejará de producir frutos maduros porque no podrá menos de pensar, hablar, y actuar como Jesús. El criterio que hoy nos presenta el evangelio será siempre de perenne actualidad y avalado por la experiencia: el fruto que producen con su persona, palabra y conducta. San Pablo, después de enumerar exhaustivamente las obras de la carne, da una lista de nueve frutos del Espíritu de Dios: amor, alegría y paz, comprensión, servicialidad y bondad, lealtad, amabilidad y dominio de sí (Gál 5,22).

            Los autores espirituales nos enseñan cómo purificar el corazón. Dicen: una obra buena tiene mérito, pero no cambia el corazón. El corazón se transfigura con la constancia paciente en el obrar el bien.

            Al terminar nuestra oración, pedidle al Señor que nos conceda un corazón semejante al suyo, manso y humilde, y saber descubrir la Voluntad de Dios para con nosotros por la intercesión de Santa María.

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