29 abril 2012. Domingo de la cuarta semana de Pascua (Ciclo B)

El cuarto Domingo de Pascua es siempre el Domingo del Buen Pastor: Jesucristo Resucitado se nos presenta como guía y pastor bueno que ha dado la vida por su rebaño y nos conduce a los pastos de la vida eterna. Nuestra oración de hoy ha de llevarnos a la gratitud y la confianza en Jesús, así como a una actitud de abandono en sus manos, de dejarnos conducir por quien tanto nos ama.

El evangelio de San Juan nos presenta hoy dos rasgos de Cristo como Buen Pastor: da la vida por sus ovejas y las conoce, lo mismo que ellas le conocen. Es significativo que Jesús lo remite todo al Padre. Nos dice que la intimidad que Él tiene con el Padre es la que quiere tener con nosotros: “Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre”. Si meditamos en esto, nos parecerá increíble: que la unidad que Jesús tiene con el Padre, es la que quiere tener con nosotros. Estamos llamados a formar parte de la familia de Dios, a gozar de su intimidad. Jesús nos conoce y nos ama, cuida de nosotros como Buen Pastor.

“Yo doy mi vida por las ovejas”. El otro rasgo del Buen Pastor es dar su vida, a diferencia de los asalariados, que anteponen su vida a la de las ovejas cuando llega el peligro. Jesús, no, Él pone por delante la vida de sus ovejas y está dispuesto a entregar su vida para salvarlas. ¿De dónde nace esta fuerza para entregar la vida? Porque “este mandato he recibido de mi Padre” y porque “me ama el Padre”. Es precisamente el conocimiento del amor del Padre el que le da fuerza a Jesús para entregar la vida y poder recuperarla. Una consecuencia para nosotros: Si estoy unido a Cristo, si conozco su amor, yo también tendré fuerza para dar mi vida por mis hermanos.

Hoy es la Jornada de oración por las vocaciones. He de pedir y ofrecerme yo mismo para que el Señor siga llamando a los jóvenes a la vida consagrada a Él, al sacerdocio, a la misión… En el Mensaje del Santo padre Benedicto XVI leemos: “Toda vocación específica nace de la iniciativa de Dios; es don de la caridad de Dios. Él es quien da el “primer paso” y no como consecuencia de una bondad particular que encuentra en nosotros, sino en virtud de la presencia de su mismo amor «derramado en nuestros corazones por el Espíritu» (Rm 5,5)”. Dios no nos llama porque seamos “buenos”, sino porque su Amor elige a personas para consagrarse a Él y manifestar a través de ellas su amor por todos los hombres.

Si las vocaciones son un “don de la caridad de Dios”, como nos dice el Papa en su Mensaje no dejemos de pedir con confianza este don tan necesario para la Iglesia, para la Cruzada-Milicia de la Virgen, para nuestras diócesis. Pidamos al Buen Pastor con esta oración de Juan Pablo II a María:

Oh Virgen María, a ti encomendamos nuestra juventud,
en especial los jóvenes llamados a seguir más de cerca a tu Hijo.
Tú conoces cuántas dificultades tienen ellos que afrontar,
cuántas luchas, cuántos obstáculos.
Ayúdales para que también ellos pronuncien su sí a la llamada divina,
como Tú lo hiciste a la invitación del Ángel.
Atráelos a tu corazón, para que puedan comprender Contigo
la hermosura y la alegría que les espera,
cuando el Omnipotente les llama a su intimidad,
para constituirlos en testigos de su Amor
y hacerlos capaces de alegrar a la Iglesia con su entrega.
Oh Virgen María, concédenos a todos nosotros poder alegrarnos Contigo,
al ver que el amor que tu Hijo nos ha traído
es acogido, custodiado y amado nuevamente.
(Juan Pablo II)

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