11 octubre 2011, martes de la XXVIII semana de Tiempo Ordinario – Puntos de oración

La primera lectura y el salmo de hoy nos ponen en relación y en contemplación con la creación. Dios es amor, y por eso el universo que admiramos ha sido creado por amor. La creación es, pues, la primera declaración de amor que Él nos hace. En ella se ve claro que “Dios nos amó primero” (I Jn 4, 19). Fue su amor el que dio el ser a las criaturas, y con el ser nos dio bondad, belleza, amabilidad…El Señor ama cuanto existe, y todo existe porque Dios lo ama. Aceptamos sin dificultad que Dios es el Creador todopoderoso, pero también necesitamos saber, aceptar, recordar y agradecer (en nuestra oración de hoy) que la razón que ha movido a Dios a crear todo es su amor, y que solo en su amor puede encontrar el hombre la respuesta a su anhelo y necesidad de ser amado.

Dios creó el universo por amor. La única causa que movió a Dios a crear, fue el deseo de comunicar su bondad a las criaturas. Él pudo crear o no crear; pudo crear este mundo u otro distinto. Y quiso crear este mundo para comunicar a las criaturas (que no existían) algo de su ser, su sabiduría, su hermosura, su bondad y su vida. Dios no ama las cosas porque existen; al contrario existen porque las ama.

Por otra parte, el pasaje de la carta a los Romanos que nos propone hoy la Iglesia en la Eucaristía nos hace caer en la cuenta de que la Humanidad tiene la responsabilidad de conocer la revelación de Dios en la naturaleza. Bien es verdad que se trata de una revelación de grado insuficiente, ya que Dios no puede ser conocido personalmente a través de la creación. Ésta tan sólo revela la existencia de Dios, su poder, su sabiduría, su inteligencia, pero es insuficiente para darnos un conocimiento personal de Dios. Lo que permite la creación es predisponer al hombre en una actitud de búsqueda. Fue diseñada para suscitar en el hombre el deseo de buscar más allá de ella al Autor de la misma. El hombre está llamado a contemplar la creación, y a partir de ella, buscar a su Hacedor. Por desgracia, ¡cuántos y cuántos han decidido no hacerlo! Pidamos para que Dios sea reconocido, alabado y amado.

No faltan poetas que reconocen la realidad de la presencia de Dios en sus criaturas:

«Dondequiera que pongas tu mirada,
dondequiera que fijes tu atención,
dondequiera que un átomo subsista,
encontrarás a Dios.

En las formas diversas de las nubes,
en los rayos dorados que da el sol,
en el brillo que lanzan las estrellas,
encontrarás a Dios.

En los dulces balidos que en los prados
el rebaño da al silbo del pastor,
en los trinos cambiantes de las aves,
encontrarás a Dios.

En la sangre que corre por tus venas,
en la misma conciencia de tu yo,
en los propios latidos de tu pecho,
encontrarás a Dios.

En la santa figura de la madre
cuyo seno la vida te donó,
en la franca sonrisa de un hermano,
encontrarás a Dios.

En las lindas pupilas de la joven
que de amores prendió tu corazón,
en la grata visión de un ser querido,
encontrarás a Dios.

En las horas de sombra y amargura
cuando a solas estés con tu dolor,
si le buscas en la sombría noche,
encontrarás a Dios».

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